Cada especie tiene sus historias y sus cantos. En el caso del chingolo, un ave común en Sudamérica, su canto es también un legado cultural que parecía perdido desde la década del 60. Sin embargo, una innovadora investigación de la UBA y el CONICET logró traerlo de vuelta. Lo hicieron sin grabaciones antiguas, sin adultos que lo recordaran, solo con ciencia, memoria y creatividad.
El canto perdido que volvió a escucharse

Los chingolos no nacen sabiendo cantar: aprenden sus melodías escuchando a los adultos durante un período clave de su juventud. Pero si ese entorno cambia —como en las ciudades con ruido constante—, las aves adaptan sus cantos para ser oídas, alterando poco a poco su tradición sonora. Así, melodías ancestrales pueden desaparecer en pocas generaciones.
Eso fue lo que pasó en el Parque Pereyra Iraola, donde un tipo particular de canto dejó de oírse en los años 60. Aunque parecía olvidado para siempre, un equipo interdisciplinario decidió intentar lo imposible: enseñar de nuevo esa melodía a las nuevas generaciones de chingolos.
Un tutor robótico que canta como un ave
La clave del experimento fue un ingenioso tutor artificial. Modelando matemáticamente cómo funciona el aparato vocal del chingolo, los investigadores crearon sonidos sintéticos capaces de imitar con precisión el canto perdido. Luego, construyeron dispositivos que lo reproducían y los instalaron estratégicamente en el parque, simulando una competencia entre aves para captar la atención de los juveniles.
Los resultados fueron sorprendentes: uno de los jóvenes aprendió el canto y, ya como adulto, lo transmitió a otros. En palabras del investigador Gabriel Mindlin: “Colocamos tres tutores cantando una vieja melodía con entusiasmo, como si fuera un hit. Al final de la temporada, un juvenil la había aprendido y la estaba practicando solo”.
Memoria zoológica y tecnología para conservar la identidad

El canto recuperado fue reconstruido a partir de antiguas notas del zoólogo Fernando Nottebohm, tomadas a mano en los años 60. Estas anotaciones, transformadas en fórmulas, dieron vida a un sonido que los chingolos modernos aceptaron como propio. Pero el logro va más allá de lo anecdótico: propone una nueva forma de conservación que no solo resguarda genes, sino también culturas animales.
Como explica Mindlin, “a un chingolo lo reconocés por su canto, como si fuera su firma”. Esta investigación demuestra que preservar esos cantos es también preservar la individualidad de una especie. Y ofrece herramientas valiosas para monitorear otras aves amenazadas, como el cardenal amarillo, cuyos cantos también pueden actuar como huellas vocales únicas.
Así, con ciencia y sensibilidad, una melodía silenciada durante décadas vuelve a vibrar entre los árboles del parque. Un eco del pasado que canta para el futuro.
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