En la adolescencia, las emociones mandan. Alegría, frustración, enfado o euforia pueden desatar decisiones impulsivas. Esa impulsividad, vinculada históricamente a las adicciones a drogas o alcohol, parece funcionar de modo opuesto en los videojuegos. Investigadores españoles analizaron cómo el control emocional y ciertos rasgos de personalidad pueden predisponer a un uso abusivo de consolas y juegos digitales.


Impulsividad: el rasgo que marca la diferencia

La impulsividad es un rasgo complejo que influye en la forma en que los adolescentes reaccionan ante emociones intensas. Se mide en cuatro dimensiones: urgencia (actuar sin pensar), búsqueda de sensaciones, falta de constancia y ausencia de premeditación.
Las combinaciones entre estas variables determinan distintos perfiles de riesgo. Mientras quienes presentan alta urgencia son más propensos al consumo de alcohol, en los videojuegos ocurre justo lo contrario: los adolescentes con menor urgencia, es decir, más contenidos emocionalmente, parecen más vulnerables a desarrollar un uso problemático.

Adolescentes y videojuegos: la adicción silenciosa que no se parece a las demás
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Este hallazgo rompe con la idea de que las adicciones siempre nacen de la impulsividad. En los videojuegos, la tendencia apunta hacia jóvenes que reprimen sus emociones o carecen de reacciones intensas ante los estímulos del entorno.


Un refugio emocional y un sustituto de la acción

Los investigadores observaron que los adolescentes con bajos niveles de urgencia emocional y síntomas depresivos —como desgana o apatía— recurren a los videojuegos como una forma de escape.
Cuando no expresan sus emociones ni canalizan su energía mediante actividades reales, tienden a refugiarse en mundos virtuales que les ofrecen control, estímulo y recompensa inmediata.
En ese sentido, los videojuegos funcionan como una compensación ante la falta de reacciones espontáneas o experiencias que activen el entusiasmo.

Adolescentes y videojuegos: la adicción silenciosa que no se parece a las demás
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La solución, subrayan los expertos, no está en prohibir el juego, sino en promover actividades que reactiven la conexión emocional: deportes grupales, música, actividades creativas o experiencias compartidas que generen placer y desafío.


Consecuencias y prevención

El llamado Trastorno del Juego Online, reconocido por la Organización Mundial de la Salud, afecta a cerca del 5% de los adolescentes. Sus efectos incluyen depresión, alteraciones del sueño, bajo rendimiento escolar y mayor irritabilidad.
El problema no radica tanto en el juego en sí, sino en su función psicológica: sustituir las emociones reales por las virtuales.

Por eso, los especialistas insisten en la prevención temprana. Identificar rasgos temperamentales como la falta de expresión emocional o la tendencia al aislamiento puede evitar que el entretenimiento se transforme en dependencia.
El desafío no es eliminar los videojuegos, sino enseñar a usarlos sin que reemplacen la vida real.
En definitiva, el objetivo no es prohibir, sino educar: lograr que los adolescentes jueguen, pero también sientan.

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