El registro, aún pendiente de validación definitiva, podría convertirse en la ola más alta jamás medida en el mar Mediterráneo desde que existen datos instrumentales fiables.
Un registro que supera los récords conocidos
Hasta ahora, el mayor valor documentado en el Mediterráneo occidental correspondía a España durante la borrasca Gloria de enero de 2020, cuando la boya de Dragonera midió una altura significativa de 8,44 metros y una altura máxima de 14,2 metros. El nuevo dato italiano supera claramente esa marca, situando el episodio de Harry como uno de los temporales más intensos jamás observados en esta cuenca.
La medición fue captada por una boya de aguas abiertas del ISPRA, diseñada para monitorizar parámetros clave como altura y periodo de las olas, temperatura superficial del mar y corrientes, proporcionando información esencial tanto para la investigación científica como para la seguridad marítima.
¿Cómo se formó una ola de 16 metros en el Mediterráneo?
Olas de este tamaño no se generan por un único factor, sino por la combinación de varios procesos extremos. El más determinante fue el fetch, es decir, la distancia ininterrumpida sobre la que sopla el viento sobre el mar. En este caso, los vientos asociados a la borrasca Harry actuaron sobre un fetch superior a los 800 kilómetros, algo poco habitual en una cuenca relativamente cerrada como el Mediterráneo.
A esto se sumó el cruce de sistemas de oleaje procedentes de direcciones ligeramente distintas. Cuando varias trenes de olas se superponen de forma constructiva, pueden dar lugar a las llamadas olas anómalas, capaces de alcanzar alturas muy superiores a las del oleaje medio circundante. El resultado fue una ola gigantesca que, sin ser un tsunami, representa un riesgo extremo para la navegación y las infraestructuras costeras.
Un hito para la climatología del oleaje
Más allá del impacto puntual, este registro tiene un gran valor para la climatología del oleaje, la disciplina que estudia el comportamiento de las olas a largo plazo. En las últimas décadas, los científicos han observado una tendencia hacia temporales más intensos y olas más altas en el Mediterráneo, un mar tradicionalmente considerado más benigno que los grandes océanos.
El calentamiento global juega un papel clave: temperaturas más altas del aire y del mar favorecen una mayor evaporación, sistemas depresivos más potentes y vientos más persistentes, creando las condiciones ideales para fetch extensos y oleajes extremos.
Implicaciones para el futuro de las costas mediterráneas
Para países como Italia, con miles de kilómetros de litoral expuesto, episodios como este refuerzan la necesidad de actualizar los mapas de riesgo costero y adaptar infraestructuras frente a marejadas cada vez más severas. Datos como los registrados por ISPRA alimentan los modelos de predicción y ayudan a comprender mejor fenómenos como la erosión costera, el transporte de sedimentos y el impacto sobre ecosistemas marinos.
Si se confirma oficialmente, la ola de 16 metros registrada durante la borrasca Harry no solo pasará a la historia de la oceanografía mediterránea, sino que también servirá como recordatorio de que el Mediterráneo ya no puede considerarse un mar “tranquilo” en el contexto del cambio climático.
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