El universo sigue encontrando nuevas formas de sorprender a los astrónomos. Durante una observación rutinaria, un telescopio espacial liderado por China registró una señal tan intensa y extraña que ningún modelo conocido logró explicarla de inmediato. Tras semanas de análisis y observaciones de seguimiento, una hipótesis radical comenzó a imponerse: un agujero negro intermedio habría destrozado una estrella enana blanca en un evento nunca antes visto.

Una señal imposible de ignorar

El 2 de julio de 2025, el telescopio espacial Einstein Probe (EP) detectó una fuente de rayos X extraordinariamente brillante cuya intensidad variaba de forma violenta en cuestión de minutos. La señal, catalogada como EP250702a (también conocida como GRB 250702B), fue identificada inicialmente por el telescopio de campo amplio WXT a bordo del satélite.

Casi en simultáneo, el Fermi Gamma-ray Space Telescope de la NASA registró estallidos de rayos gamma provenientes de la misma región del cielo. Sin embargo, lo que realmente desconcertó a los científicos fue descubrir que el EP había observado emisión persistente de rayos X en ese punto aproximadamente un día antes del estallido gamma. Esa secuencia temporal es extremadamente rara y no encaja con los modelos clásicos de explosiones cósmicas.

Una señal inédita de rayos X podría ser la primera prueba de un agujero negro de masa intermedia en acción
alex_riveiro – X

Un estallido que desafía las categorías conocidas

Quince horas después de la detección inicial, la fuente liberó una serie de llamaradas que alcanzaron un pico de luminosidad cercano a 3 × 10⁴⁹ erg por segundo, situándose entre los eventos más brillantes jamás registrados en términos instantáneos.

El telescopio de seguimiento FXT del Einstein Probe permitió observar cómo el fenómeno se apagaba con rapidez: en apenas 20 días, su brillo disminuyó más de cien mil veces y la emisión evolucionó desde estados de alta energía hacia otros más suaves. Además, la localización precisa reveló que el evento no ocurrió en el centro de su galaxia anfitriona, sino en una región periférica, un detalle clave para descartar otras explicaciones habituales.

“Esa señal temprana en rayos X es fundamental. Nos indica que no estamos ante un estallido gamma convencional”, explicó Dongyue Li, autor principal del estudio publicado en Science Bulletin.

La pista de los agujeros negros intermedios

Ante un conjunto de datos tan inusual, los investigadores exploraron múltiples escenarios. El que mejor encajó fue uno largamente buscado por la astrofísica: la interacción entre un agujero negro de masa intermedia y una estrella enana blanca.

Estos agujeros negros ocupan un lugar esquivo en el catálogo cósmico. Son más masivos que los agujeros negros de origen estelar, pero mucho más pequeños que los supermasivos que residen en los núcleos de las galaxias. Detectarlos directamente ha sido, hasta ahora, extremadamente difícil.

Simulaciones numéricas desarrolladas por el equipo de la Universidad de Hong Kong resultaron decisivas. Según la profesora Lixin Dai, el modelo en el que una enana blanca es desgarrada por fuerzas de marea de un agujero negro intermedio “explica de forma natural tanto la energía extrema como la evolución acelerada del evento”.

Un banquete cósmico nunca visto

Las simulaciones muestran que la enorme densidad de una enana blanca, combinada con la intensa gravedad del agujero negro, puede generar chorros relativistas y escalas temporales muy similares a las observadas. Este proceso liberaría cantidades colosales de energía en poco tiempo, exactamente lo que registraron los instrumentos del Einstein Probe.

Si la interpretación se confirma, estaríamos ante la primera evidencia observacional directa de un agujero negro de masa intermedia devorando una enana blanca. El hallazgo no solo ayudaría a confirmar la existencia y el comportamiento de estos agujeros negros esquivos, sino que también ofrecería nuevas claves sobre cómo crecen y cómo interactúan con estrellas compactas.

En definitiva, este evento podría representar una nueva ventana para estudiar algunos de los procesos más violentos —y hasta ahora invisibles— del cosmos, demostrando una vez más que el universo todavía guarda fenómenos capaces de romper nuestros modelos más consolidados.

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