Durante mucho tiempo, se creyó que la domesticación del perro había sido un proceso lento y progresivo en todos los aspectos, incluido su desarrollo cerebral. Sin embargo, una nueva investigación propone una historia mucho más abrupta y compleja, que cambia la forma en que entendemos esta relación milenaria.

Dos etapas muy distintas en la evolución

El estudio identifica una clara diferencia entre los llamados “protoperros” del Pleistoceno y los perros del Neolítico. Los primeros, que convivieron con humanos hace más de 30.000 años, no mostraban una reducción en el tamaño de su cerebro en comparación con los lobos.

En cambio, los perros que vivieron hace unos 5.000 años presentan una disminución significativa del volumen endocraneal, marcando un punto de inflexión en su evolución.

El giro inesperado en la evolución del perro: su cerebro no se redujo poco a poco, sino de golpe
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Un cambio brusco y no gradual

La reducción del cerebro no fue progresiva, sino repentina. Los datos indican una disminución de hasta un 46%, un nivel comparable al de razas actuales pequeñas.

Este hallazgo contradice la idea de una adaptación continua y sugiere que algo en el contexto del Neolítico —posiblemente cambios en la organización humana o en el entorno— desencadenó esta transformación.

Adaptación al nuevo mundo humano

Una de las hipótesis plantea que este cambio podría estar relacionado con la vida en comunidades humanas más complejas. En ese contexto, los perros habrían desarrollado funciones específicas, como la vigilancia o la alerta, donde ciertas características conductuales resultaban más útiles.

También se considera el factor energético: cerebros más pequeños requieren menos recursos, lo que habría sido ventajoso en entornos donde el alimento era limitado.

El giro inesperado en la evolución del perro: su cerebro no se redujo poco a poco, sino de golpe
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Inteligencia diferente, no menor

A pesar de la reducción en tamaño, los investigadores destacan que esto no implica una pérdida de inteligencia. Por el contrario, el cerebro pudo haberse reorganizado para adaptarse mejor a la convivencia con humanos.

Este cambio habría favorecido habilidades como la comunicación, la comprensión de señales humanas y la cooperación, rasgos que hoy definen la relación entre perros y personas.

Más que una simple reducción, este proceso revela una transformación profunda: el paso de un depredador salvaje a un compañero capaz de integrarse en la vida humana, con un tipo de inteligencia distinta, moldeada por miles de años de convivencia.

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