El Mundial de 2026 reunirá a 48 selecciones, 104 partidos, 16 sedes y tres países anfitriones: Estados Unidos, México y Canadá. Pero más allá de su escala inédita, el torneo invita a mirar el fútbol desde otro lugar. No solo como negocio, competencia o entretenimiento global, sino como un espacio donde se aprenden formas de sentir, expresar pertenencia y vivir la emoción colectiva.

El fútbol como aprendizaje emocional

Desde la infancia, el fútbol funciona como una escena donde se ensayan códigos de masculinidad. En los patios escolares, en los clubes y en las tribunas, enseña a competir, resistir, ocupar espacio, reconocer aliados y construir adversarios. Nada de eso conduce automáticamente a la violencia, pero sí organiza una gramática emocional muy concreta: orgullo, lealtad, euforia, frustración y agravio.

Diversas investigaciones recientes muestran que el fútbol puede reproducir jerarquías de género y modelos tradicionales de masculinidad. En algunos contextos, esa enseñanza se vincula con la idea de aguante, reputación y defensa territorial. El problema no es que el fútbol despierte emociones intensas, sino qué tipo de emociones legitima y bajo qué condiciones.

El Mundial como escuela emocional: por qué el fútbol permite llorar a los hombres, pero también enseña rivalidad
Magnific

El estadio como lugar donde los hombres pueden llorar

Para muchos varones, el fútbol sigue siendo uno de los pocos espacios públicos donde expresar emociones no parece amenazar la masculinidad. En un estadio, llorar por una derrota, abrazar a desconocidos o gritar de alegría puede ser aceptado como parte natural del ritual deportivo.

Esa posibilidad es valiosa, porque muestra que los hombres también necesitan espacios para compartir vulnerabilidad, pertenencia y afecto. Sin embargo, esa apertura emocional no siempre rompe con los mandatos tradicionales. Muchas veces, el llanto o la euforia siguen enmarcados en la defensa del grupo propio, la oposición al rival y la necesidad de demostrar fortaleza.

Ahí aparece una contradicción: el fútbol permite sentir mucho, pero no siempre permite sentir de cualquier manera. La vulnerabilidad puede ser aceptada si está asociada a la camiseta, la nación o la victoria, mientras otras emociones siguen siendo castigadas o ridiculizadas.

El Mundial como escuela emocional: por qué el fútbol permite llorar a los hombres, pero también enseña rivalidad
Magnific

Rivalidad, misoginia y nuevas masculinidades

El fútbol no produce una única masculinidad. En sus hinchadas conviven formas más abiertas, inclusivas y afectivas con expresiones de misoginia, homofobia o agresividad. Reducir el fútbol a machismo sería simplificarlo, pero negar que sigue siendo un espacio hostil para muchas mujeres también sería ingenuo.

Las redes sociales lo muestran con claridad: cuando las mujeres opinan sobre fútbol, celebran o se hacen visibles como aficionadas, muchas veces reciben burlas, abuso o deslegitimación. Eso revela que el fútbol continúa siendo disputado como territorio simbólicamente masculino.

De cara al Mundial de 2026, la pregunta no es si el fútbol emociona demasiado. La cuestión es qué hace con esas emociones cuando se amplifican a escala mundial, con identidades nacionales, rivalidades históricas y una exposición mediática enorme.

El fútbol puede reunir, conmover y abrir espacios de expresión emocional. Pero también puede enseñar a vivir la emoción como confrontación. Por eso, el Mundial no será solo una fiesta deportiva: también será una gran escena global donde se verá qué masculinidades siguen jugando el partido más difícil.

🔬 ¿Te fascina la ciencia? Suscribite a nuestro canal de YouTube para contenido científico que te va a volar la cabeza.

▶ Suscribirme
0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest

0 Comments

Trending