Detrás de muchos productos de uso diario hay un grupo de compuestos químicos que preocupa cada vez más a científicos y autoridades sanitarias. Se conocen como PFAS, sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, y se utilizan por su capacidad para repeler agua, grasa y suciedad. Están presentes en utensilios de cocina antiadherentes, lubricantes, pesticidas, envases, textiles impermeables y otros materiales industriales.

Por qué se los llama contaminantes persistentes

El problema de los PFAS está en su estructura química. Estos compuestos contienen enlaces entre carbono y flúor extremadamente resistentes, lo que hace que no se degraden fácilmente con el paso del tiempo. Por eso suelen describirse como “químicos eternos”.

Una vez liberados al ambiente, pueden acumularse en el suelo, el agua y los seres vivos. Existen miles de sustancias PFAS identificadas, y algunas pueden permanecer durante décadas en los sistemas acuáticos. En el caso del agua de consumo, ciertos compuestos pueden tener una vida media muy larga, lo que complica su control y eliminación.

Qué efectos pueden tener en la salud

La exposición a PFAS se ha asociado en estudios científicos con distintos efectos adversos para la salud. Entre ellos se mencionan daño hepático, alteraciones del sistema inmunológico, problemas tiroideos, reducción de la fertilidad y aumento del riesgo de algunos tipos de cáncer.

La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer clasificó al ácido perfluorooctanoico, conocido como PFOA, como carcinógeno para los seres humanos. También consideró al PFOS como posible carcinógeno. Por eso, el control de estas sustancias en el agua potable se volvió una prioridad regulatoria.

La Unión Europea estableció límites para la presencia total de PFAS en el agua destinada al consumo humano, mientras que Estados Unidos avanzó en 2024 con nuevas restricciones para compuestos específicos como PFOA, PFOS, PFHxS, PFNA y GenX.

Los “químicos eternos” en el agua: por qué son tan difíciles de eliminar y qué riesgo implican
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El desafío de eliminarlos del agua

Eliminar PFAS del agua no es sencillo. Existen tecnologías como resinas de intercambio iónico, nanofiltración y otros sistemas avanzados, pero muchas resultan costosas o no siempre alcanzan la eficacia necesaria.

Una de las estrategias más prometedoras es la adsorción, es decir, atrapar los contaminantes en la superficie de materiales porosos. Entre ellos, los carbones activos han demostrado buena capacidad para capturar PFAS de cadena larga. Sin embargo, su eficacia disminuye frente a sustancias de cadena corta, que son más difíciles de retener.

Por eso, nuevos proyectos de investigación buscan desarrollar materiales porosos avanzados capaces de eliminar estos contaminantes de manera más rápida, eficiente y sostenible. La meta es integrarlos en los procesos habituales de potabilización sin encarecer excesivamente el tratamiento.

El desafío no es menor. Los PFAS muestran que algunos productos diseñados para hacernos la vida más práctica pueden dejar una huella química difícil de borrar. Garantizar agua segura no solo exige mejores tecnologías, sino también controles más estrictos sobre las sustancias que llegan al ambiente.

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