Cuando pensamos en animales utilizados en intervenciones terapéuticas, casi siempre aparecen perros o caballos. Los gatos suelen quedar relegados al papel de compañía: están presentes, ofrecen contacto y afecto, pero rara vez se los considera participantes activos.
Un experimento de la Universidad Estatal de Oregón acaba de poner esa idea a prueba.
El equipo desarrolló CAT —Cat-Assisted Training—, un programa en el que niños con discapacidades del desarrollo aprendían a interpretar el lenguaje corporal de sus gatos, entrenarlos mediante recompensas y realizar actividades junto a ellos.
Los resultados, publicados en Animals, sugieren que este tipo de intervención puede aumentar algunas conductas saludables de los niños y fortalecer al mismo tiempo la relación con sus mascotas.
Seis semanas aprendiendo a entrenar al gato
El ensayo incluyó 36 niños de entre 8 y 17 años y sus respectivos gatos familiares. Las parejas fueron asignadas aleatoriamente al programa CAT o a un grupo de control en lista de espera.
Durante seis sesiones, los participantes aprendieron a reconocer cuándo el animal quería interactuar y cuándo prefería alejarse, utilizar técnicas de refuerzo positivo y colocarle un arnés.
También practicaron ejercicios como hacer que el gato acudiera cuando se lo llamaba, siguiera un objetivo o realizara otras conductas sencillas. Entre sesiones recibían tareas para repetir en casa.
La intervención buscaba algo más que enseñar trucos. El objetivo era utilizar el vínculo con el animal para fomentar actividad conjunta, responsabilidad y bienestar, procurando al mismo tiempo que la experiencia fuese positiva para el propio gato.

Los niños empezaron a pasear más con sus gatos
Uno de los cambios más claros apareció en una actividad poco habitual: sacar al gato a pasear.
Antes del programa, solo cinco de los 18 participantes del grupo de intervención afirmaban hacerlo. Al finalizar las seis semanas, eran 14 de 18, un aumento estadísticamente significativo que no apareció en el grupo de control.
Los investigadores también observaron un incremento significativo en la responsabilidad asumida por los niños en tareas relacionadas con el cuidado del animal.
El programa tuvo además una adhesión elevada: todos los participantes asistieron a las sesiones, el 94,4% completó la evaluación inmediatamente posterior y, de media, realizaron el 81% de las tareas asignadas para casa.
Pero uno de los resultados más interesantes apareció del otro lado de la relación.
Los gatos también cambiaron su comportamiento
Después del programa, los animales del grupo CAT mostraron un aumento inmediato de la sociabilidad hacia sus compañeros humanos.
También utilizaron una prueba conocida como Secure Base Test, diseñada para estudiar si el animal utiliza a una persona como una especie de “base segura” cuando se encuentra en un entorno desconocido.
Al inicio, solo alrededor del 29% de los gatos evaluados mostraba un patrón clasificado como seguro con el niño. Un año después apareció un resultado inesperado entre los que habían participado en el entrenamiento.
De las 15 parejas del grupo CAT que pudieron evaluarse a largo plazo, seis gatos pasaron de un patrón inseguro a uno seguro. El cambio fue estadísticamente significativo.
Esto no significa que los animales recibieran terapia. El resultado sugiere que aprender a interpretar sus señales, respetar sus límites y participar de manera más frecuente en sus cuidados puede modificar la relación que mantienen con el niño.

Es prometedor, pero el estudio todavía es muy pequeño
Los propios investigadores describen los resultados como preliminares.
Solo participaron 36 parejas niño-gato, y algunas mediciones dependían de cuestionarios contestados por los propios participantes. Además, tanto las familias como los investigadores sabían quién había participado en la intervención.
Tampoco se demostró una mejoría clínica en síntomas relacionados con autismo, TDAH u otras discapacidades del desarrollo. El estudio evaluó principalmente actividad conjunta, responsabilidad, sociabilidad y vínculo con el animal.
Aun así, abre una posibilidad poco explorada.
Millones de familias tienen un gato pero no acceso a un perro terapéutico, instalaciones ecuestres o programas especializados. Utilizar al animal que ya vive en casa podría hacer determinadas intervenciones asistidas más accesibles.
Los gatos quizá no sustituyan a perros o caballos en las terapias con animales. La investigación sugiere algo diferente: también pueden dejar de ser espectadores y convertirse en participantes activos, siempre que la intervención respete tanto las necesidades del niño como las del propio gato.
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