¿A qué edad se es oficialmente una persona mayor? La respuesta parece ser más compleja —y flexible— de lo que imaginamos. A medida que la medicina, la biotecnología y la longevidad avanzan, también cambian nuestras ideas sobre la vejez. Lo que antes parecía un límite definido, ahora se presenta como un continuo, moldeado tanto por nuestra biología como por nuestra cultura. La pregunta ya no es cuándo empieza la vejez, sino cómo decidimos vivirla.

La vejez ya no es lo que era
En el pasado, la percepción de la vejez se asociaba con la jubilación, la pérdida de productividad o el declive físico. Sin embargo, los datos actuales indican que las personas de 60 años hoy se sienten mucho más jóvenes que generaciones anteriores a la misma edad. Esta transformación no es solo resultado de una vida más larga, sino también de una visión social que empieza a ver el envejecimiento desde otra perspectiva.
Estudios recientes muestran que la edad a la que alguien se considera “viejo” se ha ido retrasando. En culturas donde se valoran la juventud y la apariencia, la vejez suele ser vista como una etapa negativa que conviene evitar o negar. Según la OMS, esta actitud da lugar a una forma de discriminación silenciosa pero poderosa: el edadismo. Y sus consecuencias no son menores —puede afectar la salud mental, aumentar el aislamiento y hasta acortar la vida.
Más allá del número: edad cronológica vs. edad biológica
El envejecimiento no ocurre igual para todos. Por eso, científicos como Eric Verdin proponen usar la “edad biológica” —que evalúa el estado real de nuestras células y tejidos— como indicador más fiable que la edad cronológica. Eventos como el estrés o enfermedades pueden acelerar este proceso, mientras que buenos hábitos pueden ralentizarlo.
A diferencia de la pubertad o la menopausia, la vejez no llega con una señal clara. Se trata de un proceso progresivo, en el que se acumulan daños celulares que, eventualmente, afectan el funcionamiento general del cuerpo. Aunque se han identificado posibles marcadores como el estado físico, el ADN o los lípidos en sangre, todavía no existe una herramienta definitiva para medir la edad biológica con precisión.
La conclusión: no hay una edad mágica para volverse “viejo”, y mucho menos una única forma de envejecer.
La ciencia de envejecer mejor… y más tarde
Los avances tecnológicos han abierto nuevas puertas para quienes buscan prolongar la juventud celular. Terapias de reprogramación genética, eliminación de células senescentes y ayuno intermitente son algunas de las estrategias en estudio que prometen retrasar el envejecimiento y mejorar la calidad de vida en la tercera edad.
En paralelo, la ciencia ha empezado a estudiar a los llamados superagers, personas mayores de 70 que conservan una salud física y cognitiva envidiable. Analizar sus estilos de vida, genética y hábitos está ayudando a los investigadores a entender cómo se puede vivir más… y mejor.
Con una proyección global que indica que para 2050 un tercio de la población mundial tendrá más de 60 años, entender y redefinir la vejez es más importante que nunca.

Hacia una nueva percepción de la edad
Parte del desafío no solo está en vivir más, sino en cambiar la mirada con la que vemos esa etapa de la vida. Investigadores como Becca Levy han demostrado que las creencias que tenemos sobre la vejez influyen en nuestra salud. Ver el envejecimiento como algo negativo puede empeorar el estado físico, mental y emocional; en cambio, tener una visión positiva puede extender la esperanza de vida.
Culturas como la china o la coreana ofrecen otra mirada: allí, envejecer es sinónimo de sabiduría y respeto, no de pérdida. Esta diferencia cultural podría explicar por qué muchas personas en Occidente se resisten tanto a identificarse como mayores, incluso cuando superan los 60 o 70 años.
Tal vez el verdadero secreto para “mantenerse joven” no esté en cremas ni suplementos, sino en cambiar lo que pensamos sobre lo que significa envejecer. ¿Y si, en vez de luchar contra el tiempo, aprendiéramos a convivir con él?
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