Los océanos llevan siglos actuando como el gran amortiguador del cambio climático, pero su capacidad para protegernos está llegando al límite. Un nuevo informe científico confirma que la acidez de las aguas marinas ha superado el umbral considerado seguro. A continuación, exploramos las claves de esta alarmante transformación y sus implicancias.
Un equilibrio roto: los océanos al borde del colapso
Los mares del planeta están perdiendo su frágil equilibrio químico a una velocidad mayor de lo previsto. Así lo revela una investigación liderada por el Laboratorio Marino de Plymouth, en colaboración con la NOAA y la Universidad Estatal de Oregón. Según el estudio, la acidificación de los océanos cruzó el llamado “límite planetario” en torno al año 2020, un umbral que marca el inicio de cambios potencialmente irreversibles.

Este fenómeno compromete la capacidad de recuperación de los ecosistemas marinos frente al cambio ambiental. De los nueve procesos críticos identificados por la ciencia para el funcionamiento seguro del sistema Tierra, la acidificación oceánica se suma a otros seis que ya han rebasado sus límites, como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad.
¿Cómo llegamos a este punto?
Durante los últimos 150 años, el océano ha absorbido una parte significativa del dióxido de carbono (CO₂) emitido por la quema de combustibles fósiles. Este CO₂, al disolverse en el agua, forma ácido carbónico, lo que disminuye el pH marino. Aunque los océanos actúan como un escudo frente al cambio climático, este servicio tiene un coste: un descenso incluso leve del pH puede afectar gravemente a la vida marina.
Los investigadores, mediante análisis de núcleos de hielo, modelos computacionales y datos históricos, comprobaron que el 60 % de las aguas situadas a 200 metros de profundidad –donde habita la mayor biodiversidad– ya presentan niveles de acidez que alteran el equilibrio natural.
Impactos en la biodiversidad y en las comunidades humanas

La acidificación del océano afecta especialmente a los organismos que dependen del carbonato de calcio, como corales, ostras y mejillones. Estas especies tienen dificultades para construir sus conchas y esqueletos, lo que debilita su supervivencia y, en consecuencia, pone en riesgo ecosistemas enteros. Además, las comunidades humanas que viven de la pesca y el turismo se ven directamente amenazadas.
Helen Findlay, una de las autoras del estudio, advierte que “el océano profundo está cambiando mucho más de lo que imaginábamos”, y que ecosistemas clave como los arrecifes profundos están en peligro.
La única salida: reducir las emisiones y proteger los ecosistemas
El estudio, publicado en Global Change Biology, señala que la única solución a largo plazo es reducir drásticamente las emisiones de CO₂. Mientras tanto, propone medidas urgentes de conservación para salvaguardar las regiones y especies más vulnerables, antes de que los daños sean irreversibles.






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