Un nuevo estudio científico aporta evidencia clave para entender por qué ocurre esto. La investigación, publicada en la revista Communications Earth & Environment, demuestra que los cambios en el uso de la tierra están estrechamente relacionados con la intensificación de las olas de calor en amplias regiones del continente africano.

África, un punto caliente del riesgo climático

Las poblaciones africanas presentan una vulnerabilidad desproporcionada frente al calor extremo debido a múltiples factores que se superponen. Entre ellos se destacan la diversidad de regímenes climáticos, la recurrencia de eventos extremos y la fuerte dependencia de actividades sensibles al clima, como la agricultura de secano.

A esto se suman brechas históricas de datos, infraestructura limitada y estrategias de adaptación que, en muchos casos, no están alineadas con los riesgos locales. Según proyecciones citadas en el estudio, si las emisiones de gases de efecto invernadero continúan sin control, la mortalidad asociada al calor en África podría multiplicarse por cincuenta hacia finales de siglo.

El papel clave del uso del suelo

La investigación utilizó modelos de inteligencia artificial explicable para analizar la relación entre el cambio de uso del suelo y la aparición de olas de calor extremas. El enfoque permitió identificar patrones físicos claros detrás del fenómeno.

Cuando los bosques se transforman en tierras agrícolas, pasturas o áreas urbanas, se reduce drásticamente la capacidad del suelo y la vegetación para enfriarse mediante la evaporación. Este proceso rompe barreras climáticas naturales y genera un círculo vicioso: menos humedad, más acumulación de calor y episodios térmicos cada vez más prolongados.

“El uso del suelo interactúa con el calor siguiendo leyes físicas universales, no regionales”, explicó Chris Ndehedehe, investigador de la Universidad Griffith y uno de los autores del estudio. Aunque el análisis se centró en África, los mecanismos observados son aplicables a otras regiones del mundo, incluida Australia, que recientemente ha sufrido episodios de calor extremo.

Olas de calor casi permanentes

Uno de los hallazgos más preocupantes es que, en algunas zonas de África, las olas de calor están dejando de ser eventos puntuales para convertirse en una condición casi permanente del clima local. La deforestación y la degradación del suelo contribuyen de forma directa a este fenómeno.

El estudio también subraya un riesgo menos visible: la combinación de calor y humedad en regiones con suelos húmedos o vegetación densa. En estos entornos, el estrés fisiológico puede alcanzar niveles peligrosos incluso cuando las temperaturas no parecen extremas en los registros tradicionales.

Emisiones, escenarios futuros y lo que se puede evitar

Además del uso del suelo, la investigación evaluó distintos escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero. En un escenario de altas emisiones (SSP5-8.5), regiones del sur de África podrían experimentar más de 100 días de calor extremo al año.

En algunas zonas, las olas de calor podrían volverse hasta 12 veces más largas y frecuentes hacia finales del siglo XXI si continúan las tendencias actuales de emisiones y degradación del suelo. El oeste de Sudáfrica aparece como uno de los puntos más vulnerables bajo este escenario.

Sin embargo, el estudio también ofrece una señal de esperanza. Adoptar trayectorias de emisiones moderadas (SSP3-7.0) reduciría de forma sustancial la duración, frecuencia e intensidad de las olas de calor extremas. Para finales de siglo, los impactos evitados superarían el 30 % en amplias regiones del Mediterráneo africano y del sur del continente.

Más allá de las emisiones: proteger la infraestructura verde

Los autores concluyen que la mitigación del cambio climático no puede limitarse a la reducción de emisiones. La gestión del uso de la tierra y la protección de la infraestructura verde —bosques, suelos y sistemas naturales— son herramientas fundamentales para amortiguar el impacto del calor extremo.

Este estudio refuerza una idea clave: la forma en que transformamos el paisaje puede intensificar o atenuar los riesgos climáticos. En un continente donde millones de personas ya viven al límite de la tolerancia térmica, entender y gestionar esa relación se vuelve una cuestión urgente de supervivencia.

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