De sumideros a fuentes de emisiones
Una turbera es un suelo que permanece saturado de agua durante gran parte del año. Esa falta de oxígeno ralentiza la actividad microbiana, impidiendo que la materia vegetal se descomponga por completo. El resultado es la acumulación de turba: carbono capturado de la atmósfera y almacenado durante siglos o milenios.
El problema comienza cuando estas tierras se drenan para la agricultura. Al bajar el nivel del agua, el oxígeno entra en el suelo y los microorganismos “despiertan”. La turba empieza a descomponerse rápidamente y libera grandes cantidades de dióxido de carbono (CO₂). Lo que antes ayudaba a mitigar el cambio climático pasa a acelerarlo.
Medir algo más que CO₂
El equipo del Instituto Noruego de Investigación en Bioeconomía (NIBIO) estudió durante dos años una turbera agrícola en el valle de Pasvik, dentro del círculo polar ártico. Su objetivo no fue solo medir CO₂, sino entender el equilibrio completo de gases de efecto invernadero.
Ahí aparece la complejidad:
- Metano (CH₄) tiende a aumentar cuando el suelo está completamente anegado.
- Óxido nitroso (N₂O) suele emitirse en suelos húmedos, pero no totalmente inundados.
“Cada gas responde de forma distinta al nivel del agua”, explicó Junbin Zhao, autor principal del estudio. “Si solo mirás uno, te podés equivocar con el balance final”.
El hallazgo central es que existe un nivel intermedio del agua en el que las emisiones totales se reducen de forma significativa, sin disparar metano ni óxido nitroso.

Por qué el Ártico tiene una ventaja (por ahora)
En regiones árticas, el efecto positivo de subir el nivel del agua es mayor que en climas templados. Las razones son dos:
- Temperaturas más bajas, que limitan la actividad microbiana incluso cuando el suelo está húmedo.
- Largos días de verano, que permiten a las plantas absorber carbono durante más horas seguidas.
Sin embargo, el estudio advierte que esta ventaja es frágil. Si la temperatura del suelo supera los 12 °C, los microorganismos vuelven a activarse y las emisiones aumentan, incluso con altos niveles de agua. El calentamiento global amenaza con cerrar esa ventana.
Agricultura, manejo y decisiones incómodas
El agua no lo es todo. La forma de manejar el campo también influye. Cortar el pasto con demasiada frecuencia elimina el carbono que las plantas lograron capturar. Una alternativa es cultivar especies adaptadas a suelos húmedos, reduciendo la necesidad de drenaje.
Además, dentro de un mismo campo hay zonas que se comportan de manera muy distinta, lo que obliga a un manejo más preciso y menos uniforme.
Un cambio de lógica histórica
Durante décadas, drenar tierras húmedas fue sinónimo de progreso. Hoy, con la crisis climática como telón de fondo, esa idea se está revisando. El estudio de Pasvik no propone “volver atrás” ni abandonar la agricultura, sino ajustar el manejo del agua para que estas tierras dejen de emitir carbono.
Al analizar investigaciones climáticas recientes, muchas de las soluciones más prometedoras no pasan por tecnología futurista, sino por reaprender a gestionar ecosistemas que ya alteramos. En este caso, devolverle parte del agua al suelo puede marcar la diferencia entre seguir liberando carbono o empezar, lentamente, a capturarlo otra vez.
No es una solución mágica ni universal. Pero demuestra algo importante: incluso tierras agrícolas degradadas pueden acercarse a la neutralidad climática si se encuentra el equilibrio correcto. Y en un planeta que se calienta cada año un poco más, ese tipo de ajustes deja de ser opcional.
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