El metano es responsable de cerca del 30 % del calentamiento actual. Aunque está presente en menor concentración que el dióxido de carbono, su capacidad de atrapar calor es mucho más potente en el corto plazo. Permanece en la atmósfera alrededor de diez años antes de descomponerse, por lo que entender cuánto se elimina es tan importante como medir cuánto se emite.
Una nueva mirada desde el espacio
Hasta ahora, gran parte de las estimaciones sobre la destrucción del metano —especialmente en la estratósfera— provenían de modelos químico-climáticos. Sin embargo, la fiabilidad de esas simulaciones ha sido objeto de debate.
Un equipo de la Universidad de Washington decidió abordar el problema desde otra perspectiva. En lugar de depender únicamente de modelos, utilizaron datos satelitales recopilados entre 2007 y 2010 para calcular directamente cuánto metano se destruye en la estratósfera. El trabajo fue publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.
El resultado sorprendió: la atmósfera estaría eliminando más metano del que se creía. En términos simples, el “sumidero” estratosférico es más eficiente de lo estimado.
Según explicó el investigador Qiang Fu, autor principal del estudio, la clave está en el desequilibrio: “Las emisiones totales y la eliminación son cifras grandes. Su diferencia es pequeña pero crítica, porque determina la tendencia del metano a lo largo del tiempo”.
El problema del balance global
El balance del metano depende de dos factores: fuentes y sumideros. Entre las principales fuentes están la ganadería, la agricultura, la gestión de residuos y la extracción de combustibles fósiles. También existen fuentes naturales, como los humedales.
En el otro extremo están los procesos que lo eliminan: reacciones químicas en la troposfera y estratósfera, además de la absorción por suelos. Si ambos lados estuvieran equilibrados, el gas no se acumularía. Pero las emisiones humanas han inclinado la balanza.
Existen dos métodos para calcular el presupuesto global del metano. El enfoque “de arriba hacia abajo” parte de las concentraciones observadas en la atmósfera. El método “de abajo hacia arriba” suma emisiones y restas estimadas de cada fuente y sumidero. Hasta ahora, ambos enfoques no coincidían del todo.
Al incorporar la nueva estimación de destrucción estratosférica derivada de satélites, los investigadores lograron que ambas metodologías convergieran casi por completo. Esto refuerza la confianza en las proyecciones futuras.
Implicaciones más amplias
El hallazgo no solo afina los cálculos sobre el calentamiento global. La descomposición del metano en la estratósfera genera vapor de agua —otro gas de efecto invernadero— y afecta la química del ozono. Por tanto, mejorar estas estimaciones también ayuda a comprender mejor la dinámica de la capa que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta.
En el contexto de las políticas climáticas, el metano es especialmente relevante. A diferencia del CO₂, que puede permanecer siglos en la atmósfera, el metano se degrada en aproximadamente una década. Reducir sus emisiones podría traducirse en beneficios climáticos relativamente rápidos.
Este nuevo ajuste en el balance global no significa que el problema esté resuelto, pero sí aporta mayor precisión a las herramientas científicas que guían las decisiones. En un escenario donde cada décima de grado importa, comprender con exactitud cómo se comporta el metano es un paso clave para enfrentar el calentamiento global.
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