Una bacteria capaz de orientarse utilizando el campo magnético consiguió un resultado sorprendente en uno de los organismos más utilizados para investigar el envejecimiento: aumentó más de un 43 % su supervivencia.

El experimento fue realizado con Caenorhabditis elegans, un diminuto nematodo empleado habitualmente en estudios de genética, envejecimiento y enfermedades. Los investigadores utilizaron la bacteria Magnetospirillum magneticum AMB-1 para estudiar si sus particulares propiedades podían influir sobre los mecanismos celulares asociados al envejecimiento.

Los resultados apuntaron hacia un proceso especialmente interesante: la ferroptosis.

Una bacteria que responde a los campos magnéticos

AMB-1 pertenece al grupo de las denominadas bacterias magnetotácticas.

Estos microorganismos contienen estructuras intracelulares llamadas magnetosomas, formadas por minerales magnéticos ricos en hierro. Gracias a ellas pueden orientarse en función de los campos magnéticos de su entorno.

Esta característica ya ha despertado interés en áreas biomédicas, por ejemplo para investigar sistemas capaces de transportar tratamientos hacia regiones específicas del organismo.

Pero los científicos quisieron comprobar algo diferente: qué ocurría cuando C. elegans era expuesto a estas bacterias durante su vida.

Los nematodos tratados presentaron una supervivencia más prolongada, con un incremento superior al 43 %. Además, conservaron mejor algunas funciones asociadas con el sistema nervioso y la integridad intestinal durante el envejecimiento.

El hierro podría tener un papel fundamental

Los investigadores relacionaron el efecto con la ferroptosis, una forma de muerte celular regulada estrechamente vinculada al hierro.

Este proceso ocurre cuando determinados desequilibrios favorecen la oxidación de lípidos de las membranas celulares hasta provocar daños incompatibles con la supervivencia de la célula.

Según los experimentos, AMB-1 redujo la acumulación de hierro y la peroxidación lipídica en los nematodos, dos factores estrechamente relacionados con la ferroptosis.

La pista más interesante apareció al modificar las bacterias.

Cuando los científicos utilizaron variantes que habían perdido determinadas características relacionadas con los magnetosomas, el efecto sobre la longevidad desapareció. Esto sugiere que estas estructuras desempeñan un papel importante en el mecanismo observado.

¿Podrían utilizarse para prolongar la vida humana?

Por ahora, no hay evidencia que permita llegar a esa conclusión.

C. elegans es extremadamente útil para estudiar mecanismos básicos del envejecimiento porque comparte determinadas rutas celulares con organismos más complejos, pero sigue siendo un gusano de aproximadamente un milímetro de longitud.

Que una intervención aumente su esperanza de vida no significa que vaya a producir el mismo efecto en ratones, primates o seres humanos.

El descubrimiento resulta interesante por otra razón: aporta nuevas pistas sobre la relación entre metabolismo del hierro, ferroptosis y envejecimiento.

Los próximos pasos deberán determinar si mecanismos similares aparecen en organismos más complejos y si pueden aprovecharse de forma segura.

Por ahora, estas bacterias magnéticas no son una fórmula para vivir un 43 % más. Pero sí podrían convertirse en una herramienta inesperada para entender mejor por qué envejecen las células y qué procesos biológicos determinan cuánto tiempo pueden mantenerse saludables.

Fuente: Investigación y Desarrollo.

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