Durante décadas, la prueba del espejo fue considerada una de las herramientas más conocidas para explorar la autoconciencia en animales. La idea es simple, pero poderosa: si un animal entiende que la imagen reflejada corresponde a su propio cuerpo, podría estar mostrando una forma compleja de reconocimiento de sí mismo. Ahora, un nuevo estudio suma a las ballenas beluga a ese debate científico.
La prueba que mide algo más que curiosidad
La investigación analizó el comportamiento de cuatro belugas frente a un gran espejo submarino instalado en el Acuario de Nueva York. Al principio, algunos animales reaccionaron como si estuvieran frente a otro individuo de su especie, con conductas sociales e incluso cierta agresividad.
Esa primera fase es habitual en la prueba del espejo. Muchos animales interpretan inicialmente el reflejo como la presencia de otro ser. La diferencia aparece cuando empiezan a notar que sus movimientos coinciden con los del reflejo y comienzan a realizar gestos repetitivos, extraños o exploratorios para comprobar esa relación.
Eso ocurrió especialmente con dos belugas: Natasha y su cría, Maris. Ambas comenzaron a mover la cabeza, rotar el cuerpo y repetir movimientos frente al espejo. Con el tiempo, también usaron el reflejo para observar partes de su propio cuerpo, una conducta que los investigadores interpretaron como una señal de reconocimiento.
El gesto que llamó la atención de los científicos
Maris destacó por un comportamiento particular que los autores describieron como “pec shimmy”: agitaba repetidamente sus aletas pectorales mientras permanecía orientada hacia el espejo. Ese tipo de movimiento no parecía tener una función social común, sino más bien exploratoria.
La fase más importante llegó con la llamada prueba de la marca. En este procedimiento, los investigadores colocan una señal en una zona del cuerpo que el animal no puede ver directamente, pero sí a través del espejo. Si el animal intenta observar o tocar esa zona, se interpreta como una posible evidencia de autorreconocimiento.
En el caso de Natasha, la beluga mostró un interés específico por la zona marcada. Se acercó al espejo y giró varias veces el cuerpo para examinar el área. Para los autores del estudio, este comportamiento aporta una evidencia sólida de que el animal podía relacionar el reflejo con su propio cuerpo.
Una inteligencia que ya sorprendía
Las belugas ya eran conocidas por sus capacidades cognitivas avanzadas. Son animales sociales, curiosos, cooperativos y con una comunicación vocal muy rica. Viven en grupos complejos y pueden aprender conductas nuevas con rapidez.
Uno de los casos más famosos fue el de NOC, una beluga que sorprendió a los investigadores al producir sonidos parecidos al habla humana. Aunque no se trataba de lenguaje como el nuestro, el episodio mostró una flexibilidad vocal poco común entre los mamíferos marinos.
El nuevo estudio refuerza la idea de que los cetáceos poseen formas sofisticadas de percepción y aprendizaje. Sin embargo, los científicos advierten que la prueba del espejo no resuelve por completo el debate sobre la conciencia animal.
Reconocerse en un espejo no significa necesariamente tener una autoconciencia idéntica a la humana. También puede reflejar habilidades visuales, memoria corporal o una forma distinta de procesar el entorno. Aun así, el comportamiento de las belugas vuelve a cuestionar una frontera que la ciencia revisa cada vez más: la inteligencia animal podría ser mucho más diversa y profunda de lo que durante años se creyó.
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