La inteligencia artificial parece ligera, invisible y casi mágica. Basta escribir una pregunta, pedir una imagen o resumir un documento para recibir una respuesta en segundos. Sin embargo, detrás de esa aparente simplicidad funciona una infraestructura gigantesca de servidores, centros de datos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración y cadenas de extracción minera que consumen recursos a una escala cada vez más difícil de ignorar.
La nube también ocupa espacio
Un informe reciente de Naciones Unidas advierte que el impacto ambiental de la inteligencia artificial va mucho más allá de las emisiones de carbono. La tecnología también demanda agua, minerales críticos, suelo, energía y genera residuos electrónicos.
Los centros de datos son el corazón físico de esta expansión. Allí, miles de servidores procesan información sin pausa y necesitan refrigeración permanente para evitar el sobrecalentamiento. Por eso, aunque muchas personas imaginan la IA como algo que “vive en la nube”, en realidad depende de instalaciones concretas, ubicadas en territorios reales y conectadas a redes eléctricas que ya enfrentan presión.
Los expertos señalan que la huella ambiental varía según el tamaño del modelo, la tarea realizada, el lugar donde opera el centro de datos y la fuente de energía utilizada. Incluso cuando se emplean renovables, el impacto no desaparece: puede trasladarse al consumo de agua, al uso de suelo o a regiones con estrés hídrico.

Un consumo eléctrico que crece sin freno
Según el informe, si los centros de datos fueran un país, su consumo eléctrico previsto para 2025 alcanzaría los 448 teravatios hora, una cifra comparable a la demanda de Francia. Dentro de ese total, la inteligencia artificial representaría aproximadamente una quinta parte.
Las proyecciones son aún más inquietantes. Si el crecimiento continúa al ritmo actual, el consumo asociado a la IA podría acercarse a los 945 teravatios hora anuales hacia finales de la década, alrededor del 3% de toda la electricidad utilizada en el planeta.
El impacto tampoco se limita al entrenamiento de grandes modelos. Aunque esa fase requiere enormes recursos, el uso cotidiano puede ser todavía más relevante. Millones de consultas diarias, generación de imágenes, videos y respuestas automáticas multiplican la demanda energética. En especial, la creación de video con IA aparece como uno de los usos más costosos.

Una desigualdad también ambiental
El informe de Naciones Unidas subraya otro problema: los beneficios y los costos no se distribuyen de forma equitativa. Solo 32 países cuentan con infraestructura especializada para computación avanzada en IA, y cerca del 90% de esa capacidad se concentra en Estados Unidos y China.
Mientras tanto, muchos minerales críticos necesarios para fabricar chips y equipos se extraen en países del Sur Global, donde la minería puede generar contaminación, presión sobre comunidades y degradación ambiental.
Así, una parte del mundo soporta los costos materiales de la revolución tecnológica, mientras otra concentra sus beneficios económicos y estratégicos. Por eso, la ONU reclama más transparencia, estándares internacionales y mediciones comparables sobre la huella ambiental de la inteligencia artificial.
La IA no es solo software. También es electricidad, agua, tierra y minerales. Y entender esa dimensión física será clave para decidir cómo usarla sin convertir su crecimiento en una nueva crisis ambiental silenciosa.
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