El asteroide de Chicxulub suele recordarse como el gran destructor de los dinosaurios. Su impacto, ocurrido hace unos 66 millones de años en la actual península de Yucatán, desencadenó una de las extinciones masivas más conocidas de la historia terrestre. Sin embargo, nuevas investigaciones muestran una cara menos evidente de aquel evento: el mismo choque que arrasó ecosistemas también pudo crear ambientes capaces de sostener vida.

Un cráter nacido de la destrucción

El asteroide que impactó contra la Tierra tenía aproximadamente 10 kilómetros de diámetro. La energía liberada fue tan enorme que alteró el clima global, provocó incendios, oscuridad prolongada y el colapso de numerosas cadenas ecológicas. Se estima que cerca del 75% de las especies desaparecieron, incluidos todos los dinosaurios no aviares.

Pero bajo el cráter de casi 200 kilómetros de diámetro ocurrió algo diferente. El calor extremo del impacto fundió rocas y, al entrar en contacto con el agua de mar del Golfo de México, creó un sistema hidrotermal subterráneo. Es decir, una red de agua caliente circulando por rocas fracturadas y porosas.

Ese tipo de ambiente resulta especialmente interesante para la ciencia porque, en la Tierra, donde hay agua caliente circulando a través de minerales, suele haber vida microbiana.

La catástrofe que mató a los dinosaurios pudo alimentar vida durante millones de años
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Un sistema activo durante millones de años

En 2016, un equipo internacional perforó el anillo superior del cráter y obtuvo muestras de roca. Entre ellas encontraron feldespato rico en potasio, un mineral formado por la circulación de fluidos calientes tras el impacto.

Nuevos análisis mediante datación argón-argón y modelos informáticos sugieren que el sistema hidrotermal se mantuvo activo desde el momento del impacto hasta hace unos 58 millones de años. Eso implica una duración de alrededor de ocho millones de años, mucho más de lo que se estimaba previamente.

La cifra es relevante porque convierte a Chicxulub en el sistema hidrotermal generado por impacto más longevo documentado hasta ahora. Para que algo así persistiera tanto tiempo, debieron combinarse varios factores: rocas altamente permeables, calor residual sostenido y condiciones geotérmicas favorables.

Una pista para buscar vida en otros mundos

El hallazgo no solo ayuda a comprender lo ocurrido después de la extinción de los dinosaurios. También aporta pistas sobre cómo pudo surgir o mantenerse la vida en la Tierra primitiva, cuando los impactos de asteroides eran mucho más frecuentes.

Las rocas fracturadas por choques cósmicos pueden crear pequeños refugios protegidos, con agua caliente, minerales y energía química. Allí, los microorganismos podrían encontrar condiciones para sobrevivir lejos de la radiación, las temperaturas extremas o la inestabilidad de la superficie.

Esto también tiene implicaciones para Marte. El planeta rojo sufrió numerosos impactos durante su historia y, en épocas pasadas, pudo haber tenido más agua disponible. Si algunos cráteres marcianos generaron sistemas hidrotermales duraderos, podrían haber ofrecido ambientes adecuados para la vida microbiana.

El asteroide de Chicxulub fue una catástrofe para gran parte de la vida terrestre, pero también recuerda que la destrucción y la creación pueden estar más conectadas de lo que parece. Un impacto capaz de cerrar una era también pudo abrir pequeños refugios donde la vida encontró una forma de continuar.

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