Durante décadas, arqueólogos y habitantes locales conocieron la existencia de montículos cubiertos por vegetación en el valle de Upano, al este de Ecuador. Pero lo que no se sabía era su verdadera magnitud. Lejos de tratarse de estructuras aisladas, formaban parte de una red urbana extensa y planificada, construida hace entre 2.500 y 3.000 años.
La tecnología que atravesó la selva
El cambio llegó gracias al uso de tecnología Lidar, una herramienta que dispara pulsos láser desde aeronaves y permite generar modelos tridimensionales del terreno. Al atravesar los pequeños espacios entre las copas de los árboles, el sistema puede revelar formas ocultas bajo la vegetación.
En 2015, el Instituto Nacional del Patrimonio Cultural de Ecuador realizó un relevamiento aéreo sobre unos 600 kilómetros cuadrados del valle de Upano. Los datos quedaron almacenados durante años, hasta que distintos equipos comenzaron a analizarlos en detalle.
El resultado fue sorprendente: cerca de 7.500 estructuras artificiales aparecieron distribuidas en el paisaje. Entre ellas se identificaron más de 5.000 plataformas elevadas, unas 1.500 colinas modificadas por el ser humano, además de plazas, terrazas, zanjas, senderos y caminos rectilíneos.
Desde el suelo, muchas de estas formas pueden confundirse con accidentes naturales. Desde el aire, en cambio, revelan patrones geométricos que muestran una planificación compleja.
Un urbanismo distinto al de las grandes ciudades clásicas
Aunque muchos titulares hablaron de una “ciudad perdida”, varios especialistas prefieren evitar esa expresión. El sitio no estaba perdido para las comunidades locales ni para los investigadores, que lo estudiaban desde la década de 1970. Lo que permanecía oculto era su escala.
Tampoco se trata de una ciudad en el sentido clásico, con un centro dominante y una periferia organizada alrededor. Las evidencias sugieren una red multicéntrica de asentamientos conectados por caminos que podían extenderse hasta 25 kilómetros.
En algunos sectores, las plataformas se agrupan alrededor de espacios abiertos similares a plazas. En otros, aparecen estructuras más grandes que pudieron tener funciones ceremoniales o comunitarias. Este modelo muestra una forma de urbanismo adaptada a la Amazonía, donde la selva no era un obstáculo, sino parte del sistema territorial.
Una sociedad capaz de transformar el paisaje
Construir miles de plataformas de tierra compactada exigió organización, conocimiento técnico y trabajo sostenido durante generaciones. Cada estructura implicaba transportar sedimentos, moldearlos y elevar superficies aptas para viviendas, reuniones o actividades rituales.
Los habitantes del valle cultivaban maíz, mandioca, batata y porotos. También consumían bebidas fermentadas de maíz y usaban abundante cerámica, lo que sugiere una intensa vida social y comunitaria.
Aun así, quedan muchas preguntas abiertas. No se sabe con precisión cuántas personas vivieron allí, si todas las estructuras estuvieron ocupadas al mismo tiempo o qué función cumplían algunas zanjas detectadas por el Lidar. Algunos investigadores las interpretan como caminos; otros, como parte de sistemas de manejo del agua.
Lo más importante del hallazgo es que cambia la mirada sobre la historia amazónica. Durante mucho tiempo se pensó que la selva solo podía sostener comunidades pequeñas y dispersas. Upano demuestra otra cosa: la Amazonía también fue escenario de sociedades complejas, capaces de construir infraestructura, organizar territorios y transformar el paisaje a gran escala.
La ciudad no estaba perdida. Lo perdido era, quizás, el modo en que habíamos aprendido a mirar la Amazonía.
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