Durante décadas parecía una solución perfecta para proteger uno de los cultivos más importantes de las Antillas francesas.
El picudo del plátano estaba causando graves daños en las plantaciones de Martinica y Guadalupe y la clordecona, un potente insecticida organoclorado, podía acabar con él.
Entre 1972 y 1993 se utilizaron en ambas islas unas 300 toneladas de sustancia activa. El problema es que aquel pesticida tenía una característica que acabaría convirtiéndolo en una pesadilla ambiental: prácticamente no desaparece.
Estados Unidos dejó de utilizarlo en 1975
Las señales de alarma aparecieron muy pronto.
La toxicidad de la clordecona ya había sido detectada experimentalmente en los años sesenta. En 1975, una fábrica de Hopewell, Virginia, tuvo que cerrar después de que numerosos trabajadores sufrieran graves intoxicaciones con síntomas neurológicos. Ese mismo año, la EPA estadounidense ordenó detener su venta y uso e impidió que siguiera fabricándose.
Francia, sin embargo, continuó autorizándola en las plantaciones bananeras de Martinica y Guadalupe.
La autorización se retiró finalmente en 1990, pero se concedieron excepciones que permitieron seguir utilizando existencias hasta 1993. El propio Senado francés reconoce actualmente que el producto había sido identificado desde finales de los años sesenta como nocivo para las personas y extraordinariamente persistente en el medioambiente.

Una contaminación capaz de permanecer seis siglos
Cuando dejó de utilizarse, el problema ya no estaba únicamente en las plantaciones.
La clordecona se había fijado al suelo y había llegado a aguas subterráneas, ríos y zonas costeras. Desde allí puede incorporarse a vegetales, ganado, peces y otros alimentos.
Su persistencia es extraordinaria. El instituto francés INRAE calcula que, dependiendo del tipo de suelo, la molécula puede permanecer en el terreno durante entre uno y cinco o incluso seis siglos.
Eso significa que terrenos contaminados durante el siglo XX podrían seguir conteniendo clordecona alrededor del año 2500.
No todas las superficies de las islas presentan la misma contaminación. Las zonas agrícolas históricamente dedicadas al plátano son las más afectadas: estimaciones oficiales sitúan la contaminación crónica en aproximadamente dos quintas partes de la superficie agrícola utilizada de Martinica y una quinta parte de la de Guadalupe.
El pesticida llegó a la sangre de casi toda la población
La exposición tampoco terminó cuando dejaron de fumigarse las plantaciones.
El estudio Kannari detectó clordecona en la sangre del 90% de los adultos analizados en Martinica y Guadalupe. La alimentación fue una de las principales vías de exposición, especialmente mediante productos procedentes de terrenos o aguas contaminadas.
Los datos más recientes muestran una mejora, pero no el final del problema. En junio de 2026, Santé publique France informó de que la exposición media había disminuido entre 2013 y 2024, aunque seguía siendo generalizada. El 5% de los adultos más expuestos presentaba niveles unas 20 veces superiores a la media.
Uno de los efectos sanitarios mejor documentados afecta al cáncer de próstata.
ANSES concluyó que existe una relación causal probable entre la exposición a clordecona y el riesgo de desarrollar esta enfermedad. Inserm también considera verosímil la relación causal tras revisar las evidencias epidemiológicas y toxicológicas disponibles.
También se investigan efectos sobre el desarrollo infantil, la reproducción, el sistema nervioso y otros órganos.
Francia acaba de reconocer su responsabilidad
La crisis terminó llegando a los tribunales y al Parlamento.
En marzo de 2025, la justicia administrativa francesa reconoció faltas graves del Estado relacionadas con las autorizaciones y la gestión de la clordecona. Y el 12 de junio de 2026, Francia promulgó una ley que reconoce oficialmente su parte de responsabilidad por los daños sanitarios, ambientales, económicos y morales sufridos en Martinica y Guadalupe.
La legislación establece además como objetivo descontaminar tierras y aguas, reforzar la investigación científica y avanzar en la indemnización de las víctimas.
Pero una ley no puede acelerar fácilmente la degradación de una molécula diseñada precisamente para resistir.
La clordecona se utilizó durante apenas 21 años. Sus consecuencias ambientales pueden durar cientos.
Ese es quizá el dato que mejor resume el desastre: varias generaciones tomaron la decisión de utilizar el pesticida, pero podrían ser necesarias muchas más para dejar de encontrarlo bajo sus pies.
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