Durante seis horas, un barco navegó por el golfo de Maine liberando al océano unos 65.000 litros de una solución de hidróxido de sodio. Junto a ella apareció una llamativa mancha rojiza que podía observarse sobre el agua.

No era un vertido accidental.

Era uno de los experimentos de eliminación de carbono marino más ambiciosos realizados hasta ahora en aguas abiertas de Estados Unidos.

El ensayo, denominado LOC-NESS, fue dirigido por la Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI) y recibió un permiso específico de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA). Se realizó en agosto de 2025 en Wilkinson Basin, a decenas de kilómetros de la costa de Massachusetts.

El objetivo era comprobar una idea aparentemente sencilla: darle al océano una especie de antiácido para que pueda retirar más CO₂ de la atmósfera.

65.000 litros y una enorme mancha roja

El material utilizado fue una solución altamente purificada de hidróxido de sodio —conocido habitualmente como sosa cáustica—. El permiso de la EPA contemplaba una solución al 50%, cuidadosamente dispersada y rápidamente diluida en el agua marina.

La llamativa coloración roja procedía de otra sustancia: Rhodamine Water Tracer, un trazador empleado para seguir el movimiento del agua.

Durante los días siguientes, barcos, sensores, planeadores autónomos, vehículos submarinos e incluso observaciones por satélite siguieron la evolución de la parcela tratada.

La mancha pudo rastrearse durante aproximadamente cinco días y tanto el pH como la concentración del trazador acabaron regresando a sus niveles de referencia.

La idea es convertir el océano en un sumidero de carbono todavía mayor

El océano ya absorbe enormes cantidades de CO₂ de manera natural. El problema es que, al hacerlo, ese dióxido de carbono modifica la química del agua y contribuye a su acidificación.

La Ocean Alkalinity Enhancement (OAE) intenta intervenir en ese equilibrio.

Añadir alcalinidad disminuye temporalmente la concentración de CO₂ disuelto respecto a la atmósfera. El océano intenta recuperar el equilibrio absorbiendo nuevo dióxido de carbono del aire, gran parte del cual termina almacenado en forma de bicarbonato y otras especies de carbono disuelto.

Es eliminación de CO₂, no un sistema que enfríe directamente el planeta bloqueando radiación solar.

Durante el experimento, el pH local pasó aproximadamente de 7,95 a 8,3. En los cuatro días de seguimiento, las estimaciones preliminares indican que entraron al océano entre 2 y 10 toneladas adicionales de CO₂. Los modelos del equipo calculan que el efecto completo de aquella parcela de agua podría alcanzar unas 50 toneladas en alrededor de un año.

Lo sorprendente es que no detectaron daños en la vida marina

Este era uno de los aspectos más delicados del experimento.

Los investigadores compararon bacterias, fitoplancton, zooplancton y larvas de peces y langostas dentro y fuera de la parcela alcalinizada.

En las variables analizadas no encontraron diferencias significativas atribuibles al tratamiento.

Pero eso no demuestra que alterar masivamente la química oceánica sea inocuo.

El estudio duró pocos días, afectó a una zona relativamente pequeña y no midió directamente sus consecuencias en animales de niveles tróficos superiores. Los propios investigadores reconocen que los posibles efectos sobre las pesquerías todavía necesitan modelos y experimentos adicionales.

El verdadero problema aparece cuando se intenta escalar

La química tampoco permite añadir cantidades ilimitadas de alcalinidad.

Experimentos anteriores han demostrado que, al superar determinados niveles, puede producirse precipitación de carbonatos. En vez de mantener toda la alcalinidad disponible para absorber CO₂, comienzan a formarse minerales como carbonato de calcio, reduciendo la eficiencia del sistema e incluso pudiendo provocar liberación de CO₂ en determinadas condiciones.

Además, un modelo climático de despliegues masivos calculó que la reducción final de carbono atmosférico podría rondar 0,35 moles de carbono por cada mol de alcalinidad añadido, debido también a las respuestas del océano y de la biosfera terrestre. No es una proporción química universal, sino el resultado de simulaciones del sistema terrestre a gran escala.

Los ecosistemas añaden todavía más incertidumbre. Un estudio con modelos publicado en Biogeosciences encontró que determinados escenarios de OAE a gran escala podrían reducir la producción primaria marina hasta un 15% por efectos indirectos sobre el fitoplancton. Es una proyección, no algo observado durante el ensayo de Maine.

65.000 litros para retirar unas pocas decenas de toneladas de CO₂

Y aquí aparece la enorme cuestión de escala.

El ensayo utilizó decenas de miles de litros de solución alcalina para demostrar que el mecanismo funciona en el océano real. Incluso en el escenario más favorable, aquella operación retiraría unas 50 toneladas de CO₂.

La humanidad emite decenas de miles de millones de toneladas cada año.

Para que la alcalinización oceánica tuviera un impacto climático importante habría que producir, transportar y distribuir cantidades gigantescas de material alcalino. Y habría que demostrar que las emisiones necesarias para fabricar esos productos no anulan el carbono eliminado.

Por eso Woods Hole insiste en que esta tecnología no sustituye la reducción de emisiones. El objetivo del experimento era precisamente averiguar si puede existir una forma medible, verificable y ambientalmente aceptable de retirar parte del CO₂ que resulte imposible evitar.

El pequeño parche rojo del golfo de Maine demostró que la química funciona.

Ahora queda resolver una pregunta mucho más difícil: si podemos alterar el océano lo suficiente como para ayudar al clima sin alterar también el ecosistema que intentamos proteger.

Fuente: Xataka.

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