A cientos o miles de metros bajo la superficie, donde la luz prácticamente ha desaparecido y encontrar otro individuo de la misma especie puede ser extraordinariamente difícil, perder a una pareja después de haberla encontrado puede ser un lujo demasiado caro.
Algunos peces pescadores abisales, los llamados ceratioideos, resolvieron ese problema mediante una de las estrategias reproductivas más extrañas conocidas entre los vertebrados: el parasitismo sexual.
El macho puede ser minúsculo en comparación con la hembra. Cuando finalmente la encuentra, la muerde y, en determinadas especies, ya no vuelve a separarse de ella. Sus tejidos terminan uniéndose y sus circulaciones sanguíneas se conectan hasta convertir a ambos animales en una asociación fisiológica permanente.
Encontrar pareja en la oscuridad es el primer desafío
Las hembras de los peces pescadores abisales pueden utilizar el conocido señuelo bioluminiscente situado frente a su boca para atraer presas. Los diminutos machos siguen otra estrategia.
En distintas especies poseen sistemas sensoriales especializados para localizar hembras en la inmensidad del océano profundo. Cuando encuentran una, utilizan sus mandíbulas para aferrarse a ella.
Pero no todos los peces pescadores siguen la misma estrategia.
En algunas especies la unión es temporal: el macho se aferra, participa en la reproducción y posteriormente se separa. En otras aparece el caso extremo denominado parasitismo sexual obligatorio, donde la unión se vuelve permanente.
El macho termina conectado a su circulación sanguínea
En las especies con unión permanente, los tejidos de ambos animales crecen hasta integrarse.
Finalmente se establece una circulación sanguínea compartida. El macho recibe nutrientes y oxígeno a través de la hembra y queda fisiológicamente dependiente de ella. A cambio, permanece como una fuente de esperma disponible cuando llega el momento de reproducirse.
Incluso se han documentado hembras con varios machos unidos simultáneamente. Una publicación científica cita el caso de una hembra de Cryptopsaras couesii con ocho machos adheridos.
Pero hay un matiz importante: aunque compartan circulación, no se convierte literalmente en un único individuo ni la hembra se “autofecunda”. El macho y la hembra conservan genomas diferentes; él produce espermatozoides y ella óvulos.

Para conseguirlo tuvieron que modificar algo fundamental: su sistema inmunitario
En cualquier otro vertebrado, fusionar tejidos de dos individuos genéticamente distintos desencadenaría una fuerte respuesta inmunológica similar al rechazo de un órgano trasplantado.
¿Cómo consiguen evitarlo?
Un estudio publicado en Science encontró que las especies con este tipo de parasitismo han sufrido pérdidas profundas en genes responsables de la inmunidad adaptativa. Dependiendo del tipo de unión, aparecen alteraciones en sistemas como el complejo mayor de histocompatibilidad y, en las formas más extremas, en genes necesarios para generar receptores de linfocitos y anticuerpos.
Una investigación evolutiva posterior concluyó además que distintos linajes de peces pescadores degradaron independientemente partes de su inmunidad adaptativa, lo que habría permitido tolerar al compañero fusionado sin rechazar sus tejidos.
El famoso “diablo negro” es una excepción importante
Aquí conviene corregir una confusión muy habitual.
El Melanocetus johnsonii, el famoso pez negro que suele aparecer en imágenes y que recuerda al de Buscando a Nemo, no es una de las especies cuyos machos se fusionan permanentemente con la hembra. Los machos de esta familia son diminutos, pero permanecen independientes; se han observado uniones temporales mediante la mandíbula.
La fusión extrema ocurre en otros linajes de peces pescadores abisales.
Y quizá sea precisamente eso lo más fascinante: ante el enorme problema de encontrar pareja en uno de los ambientes más oscuros y despoblados del planeta, la evolución llegó varias veces a una solución radical: encontrarla una vez y no separarse nunca más.
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