Durante años, los chatbots fueron presentados como asistentes capaces de ahorrar tiempo. Escribían correos, resumían documentos, buscaban información y ayudaban a preparar entrevistas. Pero la evolución más llamativa no está solamente en lo que pueden hacer, sino en quién está al otro lado de sus respuestas. En algunos ámbitos, una inteligencia artificial ya está redactando un mensaje que será leído, analizado y contestado por otra inteligencia artificial. Y ese cambio puede ser mucho más profundo de lo que parece.

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Alex Knight

Cuando una IA empieza a negociar con otra IA

La automatización está creando una situación que hasta hace poco parecía propia de la ciencia ficción: sistemas de inteligencia artificial que realizan tareas completas de comunicación mientras las personas se limitan a supervisar el resultado. El fenómeno ya empieza a aparecer en ámbitos tan diferentes como la búsqueda de empleo, la educación y la atención al cliente.

Uno de los ejemplos más claros se encuentra precisamente en el mercado laboral. Según un caso recogido por The New York Times, Christian Vinson dedicó unas 10 horas a preparar dos bots con información sobre su formación, una experiencia de prácticas en banca y sus cinco años de servicio en el Ejército. Después, los sistemas utilizaron esos datos para generar cartas de presentación adaptadas a cientos de ofertas de trabajo.

El detalle interesante estaba en el otro extremo del proceso. Las compañías también utilizaban herramientas automáticas para analizar y filtrar las candidaturas recibidas. De esta manera, el candidato no escribía necesariamente el mensaje que terminaba leyendo el responsable de selección y, en algunos casos, ni siquiera era una persona quien hacía la primera evaluación.

La situación puede resumirse como una especie de circuito automatizado: una IA prepara la candidatura y otra IA decide si merece avanzar. Vinson terminó consiguiendo un puesto en un banco de inversión de Nueva York, pero el caso sirve para ilustrar un cambio mucho más amplio.

La misma dinámica empezó a trasladarse a otros espacios. Un estudiante puede utilizar un chatbot para preparar un ensayo mientras el profesor recurre a otro sistema para corregirlo. Un trabajador puede enviar un correo escrito por IA y recibir una respuesta generada de la misma manera. Incluso algunas interacciones profesionales pueden desarrollarse sin que ninguna de las dos partes redacte personalmente el mensaje.

La pregunta deja de ser entonces si la inteligencia artificial puede comunicarse con nosotros. La cuestión empieza a ser cuánto de la comunicación cotidiana seguirá necesitando realmente nuestra intervención.

Inteligencia Artificial
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El siguiente paso: delegar también las decisiones y las conversaciones

El escenario puede resultar todavía más llamativo cuando la IA deja de limitarse a redactar textos y empieza a ejecutar acciones en nombre de sus usuarios. La idea es que una persona pueda entregar una tarea completa a su asistente digital y permitir que este se encargue de localizar servicios, contactar con empresas, realizar compras, reservar viajes o gestionar diferentes trámites.

Jiaxin Pei, profesora adjunta de la Escuela de Información de la Universidad de Texas en Austin, planteó un ejemplo sencillo: alguien podría necesitar un plomero con urgencia y dejar que su asistente se encargue de encontrar profesionales disponibles, comunicarse con ellos y coordinar el servicio. El detalle es que el profesional también podría contar con un agente automático encargado de responder esas solicitudes.

En ese escenario, dos sistemas podrían negociar horarios, precios y condiciones sin que sus propietarios participen directamente en la conversación. El humano establecería las instrucciones iniciales y aparecería únicamente para aprobar el resultado.

La expansión de este modelo también está llegando a las plataformas digitales. The New York Times señaló que Meta adquirió en marzo de 2026 una red social diseñada alrededor de interacciones entre bots, una operación que refuerza la posibilidad de que parte del tráfico de internet termine generado por agentes automáticos en lugar de usuarios tradicionales.

Pero delegar una conversación tiene consecuencias diferentes dependiendo del contexto. Una respuesta automática a una solicitud sencilla puede ahorrar tiempo. En cambio, utilizar sistemas similares para seleccionar candidatos, valorar trabajos académicos o tomar decisiones relacionadas con la salud introduce riesgos mucho mayores.

Uno de ellos es la propagación de errores. Soheil Feizi, profesor asociado de informática de la Universidad de Maryland, advirtió que diferentes sistemas pueden compartir puntos débiles similares. Si una herramienta comete un error y otra toma ese resultado como información fiable, el problema puede avanzar por toda la cadena sin que nadie lo detecte a tiempo.

Un ejemplo especialmente delicado sería el de un hospital en el que diferentes sistemas gestionaran imágenes médicas, asignación de habitaciones y prioridades de atención. Un fallo inicial podría trasladarse de una herramienta a otra y terminar afectando una decisión que debería haber contado con supervisión humana.

La automatización, por tanto, no solo multiplica la velocidad. También puede multiplicar las consecuencias de una equivocación.

Del trabajo a las relaciones personales: cuando el interlocutor deja de ser humano

El fenómeno tampoco termina en oficinas, universidades o centros médicos. La inteligencia artificial empieza a ocupar un espacio todavía más sensible: las conversaciones personales.

En la atención al cliente ya existen casos en los que los usuarios utilizan agentes de voz para comunicarse con sistemas automáticos de las empresas. En lugar de hablar directamente con un operador, una IA representa al cliente mientras otra representa a la compañía. La conversación puede desarrollarse de principio a fin sin que ninguna persona participe directamente.

Algo similar empieza a ocurrir en las aplicaciones de citas. Un usuario puede recurrir a un chatbot para redactar mensajes destinados a otra persona que, a su vez, podría estar utilizando una herramienta similar. El resultado es una interacción en la que dos individuos están presentes, pero buena parte de lo que realmente se dicen pasa primero por sistemas automáticos.

Uno de esos intercambios llegó incluso a producir una frase que resumía perfectamente la situación: un hombre preguntó a una mujer cuánto tiempo iban a seguir “ChatGPTearnos mutuamente”. Ella nunca respondió.

Más allá de la anécdota, existe una preocupación más profunda. Sarah Davis, antropóloga cultural y decana de St. John’s College en Santa Fe, planteó que acostumbrarse a conversaciones perfectamente fluidas y sin fricciones podría modificar la manera en que las personas afrontan las relaciones reales. Las interacciones humanas suelen incluir silencios, malentendidos, respuestas incómodas y desacuerdos que ningún sistema automático necesita experimentar de la misma forma.

La inquietud no es completamente nueva. La llegada de nuevas tecnologías siempre provocó temores sobre la manera en que podían transformar la comunicación. Sócrates cuestionó los efectos de la escritura sobre la memoria, el teléfono fue acusado de alterar las normas sociales y el correo electrónico llegó a ser considerado una herramienta con potencial para generar una cantidad excesiva de mensajes.

La diferencia actual es que aquellas tecnologías facilitaban la comunicación entre personas. Los sistemas de inteligencia artificial pueden ocupar directamente el lugar de uno de los participantes.

Ese cambio abre una posibilidad inédita: que internet se convierta progresivamente en un espacio donde los humanos no sean siempre quienes buscan, escriben, responden o negocian. Podrían convertirse en supervisores de conversaciones que mantienen sus propios agentes.

La tecnología todavía no ha eliminado la intervención humana de todos estos procesos, pero la dirección ya resulta evidente. Cuanto más capaces son los agentes de actuar por nosotros, menos necesario parece que participemos en cada paso.

Y ahí aparece la verdadera pregunta: si una IA puede buscar por nosotros, escribir por nosotros y negociar con otra IA en nuestro nombre, ¿en qué momento dejamos de utilizar una herramienta y empezamos a delegarle una parte de nuestra propia presencia en internet?

[ Fuente : infobae ]

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