¿Pagarías todos los meses para seguir escuchando la voz de alguien que murió?

Hace pocos años, la pregunta habría parecido propia de Black Mirror. Hoy existen servicios capaces de utilizar mensajes, correos electrónicos, fotografías, grabaciones y vídeos para crear representaciones digitales de personas fallecidas.

Se conocen como thanabots o griefbots.

Pero hay algo importante que aclarar desde el principio: no contienen la conciencia, los recuerdos ni la personalidad real de quien murió. Lo que hacen es utilizar inteligencia artificial para calcular qué podría responder esa persona ante una determinada pregunta.

Y esa diferencia cambia completamente el debate.

No recuerdan: generan

Un thanabot puede entrenarse utilizando conversaciones, publicaciones en redes sociales, fotografías o grabaciones de voz.

Con suficiente información, un sistema puede imitar determinadas expresiones, reproducir un timbre de voz e incluso generar respuestas que parezcan coherentes con la personalidad del fallecido.

Pero sigue siendo una simulación.

La IA puede inventar recuerdos, atribuir opiniones nunca expresadas o producir frases emocionalmente convincentes que la persona jamás habría pronunciado.

También existe una diferencia enorme entre recuperar recuerdos existentes y fabricar otros nuevos. Algunos servicios funcionan fundamentalmente como archivos interactivos: permiten escuchar respuestas que una persona grabó antes de morir. Otros utilizan modelos generativos capaces de producir frases completamente inéditas.

En un caso se recupera una grabación. En el otro, una máquina habla en nombre de alguien que ya no puede corregirla.

Los thanabots prometen permitirnos hablar con los muertos. El verdadero problema es quién controla su voz
CNN en Español
– Youtube.

El duelo también puede convertirse en una suscripción

Aquí aparece una cuestión menos tecnológica y bastante más incómoda.

Muchos de estos servicios funcionan mediante cuentas, almacenamiento en la nube y pagos recurrentes.

Eso significa que la posibilidad de volver a escuchar una determinada voz puede acabar dependiendo de seguir pagando una cuota.

Dejar de hacerlo puede implicar perder funciones, limitar conversaciones o incluso cerrar el acceso al avatar, dependiendo de las condiciones de cada plataforma. Además, pagar por el servicio no significa necesariamente poseer el modelo ni poder llevárselo a otra empresa.

Un recuerdo familiar puede terminar atrapado dentro de una infraestructura privada.

¿De quién es realmente esa voz?

El problema se vuelve todavía más complejo cuando preguntamos quién autorizó crearla.

Una familia puede conservar fotografías y audios, pero eso no significa necesariamente que la persona fallecida hubiera aceptado que una inteligencia artificial generase frases nuevas utilizando su identidad.

Además, esos archivos casi nunca contienen información exclusivamente del fallecido.

Los correos incluyen conversaciones de terceros. Los vídeos contienen otras voces. Las fotografías pueden mostrar familiares, amigos o menores que jamás aceptaron participar en un avatar digital.

Por eso, guardar una grabación y permitir que una IA genere discurso nuevo son dos cosas muy diferentes.

¿Y si la empresa desaparece?

Quizá esta sea una de las preguntas más importantes.

La empresa puede cambiar sus condiciones, modificar precios, ser comprada o simplemente cerrar.

Entonces aparece un problema que rara vez forma parte de la publicidad: ¿puede la familia descargar realmente todo lo necesario para reconstruir ese avatar en otra plataforma?

No basta con exportar conversaciones. Harían falta audios originales, fotografías, vídeos, transcripciones, metadatos y otros archivos asociados.

Sin una verdadera portabilidad, la memoria digital queda vinculada al servidor de una empresa.

Todavía no sabemos cómo afectan al duelo

La investigación disponible tampoco permite afirmar que estos sistemas ayuden psicológicamente a las personas que atraviesan una pérdida.

Algunos usuarios describen consuelo y sensación de continuidad. Otros estudios señalan riesgos como dependencia emocional, representaciones incorrectas o problemas de privacidad. Por ahora, no existe evidencia suficiente para tratarlos como una terapia validada.

Y quizá ahí esté la cuestión más importante.

El debate sobre los thanabots no consiste realmente en preguntarnos si podremos “resucitar” digitalmente a alguien. Consiste en decidir quién tendrá derecho a guardar su voz, modificarla, cobrar por escucharla y, llegado el caso, apagarla.

Fuente: Muy Interesante.

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