Durante años pensamos que la lluvia era simplemente agua cayendo del cielo. Sin embargo, nuevos estudios revelan que también puede arrastrar sustancias químicas invisibles, resistentes y potencialmente peligrosas. Una de ellas, el TFA, ha comenzado a llamar la atención de científicos en todo el mundo. ¿Por qué preocupa tanto? ¿Qué se sabe realmente de este “químico eterno”?

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Kaique Rocha

El TFA: un huésped persistente en el agua que consumimos

El ácido trifluoroacético (TFA) es un compuesto que pertenece al grupo de los PFAS, también conocidos como “químicos eternos”. Estos compuestos se caracterizan por su altísima resistencia a la descomposición natural, lo que les permite permanecer en el ambiente durante décadas. El TFA se encuentra ya no solo en la lluvia, sino también en ríos, lagos, agua embotellada, alimentos, órganos de animales e incluso en sangre y orina humanas.

Una reciente investigación publicada en Environmental Science & Technology, liderada por científicos de Noruega, Suiza, República Checa y Suecia, confirma que la presencia de TFA está creciendo rápidamente en distintos ecosistemas y medios ambientales. En palabras del investigador noruego Hans Peter Arp, es urgente recopilar más datos sobre la concentración de este compuesto en zonas agrícolas y fuentes de agua potable, para poder evaluar con precisión el riesgo de exposición.

Un químico que viaja por el aire y cae con la lluvia

El TFA se origina principalmente por la degradación de gases usados en sistemas de refrigeración y de ciertos plaguicidas. Estos gases, al romperse en la atmósfera, liberan el compuesto que luego cae con la lluvia. Su presencia se ha multiplicado hasta diez veces en las últimas décadas en hojas, suelos y aguas subterráneas.

El problema es que una vez que entra al ambiente, el TFA prácticamente no puede ser eliminado. La ONU ha afirmado que representa un riesgo bajo, “al menos hasta 2100”, pero varios expertos no comparten esa tranquilidad. Algunos científicos lo comparan con la sal común en cuanto a toxicidad, aunque otros alertan sobre su persistencia y su capacidad para desplazarse con facilidad a través de la naturaleza.

Esta falta de consenso ha dificultado el establecimiento de regulaciones estrictas. Mientras tanto, países como Alemania exigen que el TFA sea declarado “muy persistente y móvil”, una clasificación que obligaría a aplicar normas más severas a productos que lo generan.

Efectos potenciales y la necesidad de tomar medidas

Aunque no provoca intoxicación inmediata, el TFA puede afectar órganos como el hígado o los riñones si se acumula en altas concentraciones. En animales acuáticos y plantas, también se han observado alteraciones que podrían tener un impacto ecológico a largo plazo.

La doctora en química Jorgelina Altamirano, del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA), advierte que este tipo de contaminantes emergentes ya se detectan en todo el ambiente, incluso en Argentina, y que aún no están regulados por la mayoría de los países.

Para mitigar sus efectos, el científico Arp recomienda reducir el uso de los productos químicos que originan TFA, especialmente aquellos presentes en aires acondicionados, pesticidas y medicamentos. También es clave desarrollar tecnologías que permitan filtrarlo o descomponerlo, aunque por ahora estos métodos siguen siendo caros y limitados.

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¿Qué se puede hacer desde ahora?

Las soluciones más efectivas, según los expertos, no consisten en limpiar lo que ya está contaminado, sino en evitar que el TFA siga generándose. Esto implica establecer regulaciones más estrictas, promover el desarrollo de alternativas industriales más seguras y mejorar los controles sobre los productos que contribuyen a su propagación.

En algunas regiones de Europa y Estados Unidos ya se implementan medidas preventivas, como controles en el agua potable o restricciones al uso de ciertos plaguicidas. Aun así, la mayoría del mundo sigue expuesta sin saberlo.

Los científicos coinciden en que cuanto antes se actúe, mayor será la posibilidad de evitar consecuencias graves para la salud humana y la biodiversidad. El TFA puede ser invisible, pero sus efectos podrían no serlo por mucho tiempo más.

Conclusión

La lluvia ya no es solo agua. En su caída puede arrastrar un químico invisible que se infiltra en ecosistemas, alimentos y cuerpos sin dejar rastro inmediato. Aunque su toxicidad aún genera debate, su persistencia es innegable. Y mientras el mundo discute qué hacer, el TFA sigue cayendo.

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