Una estrella que se volvió invisible
La protagonista de este misterio es M31-2014-DS1, una supergigante roja localizada en la Galaxia de Andrómeda. A partir de datos archivados del telescopio infrarrojo NEOWISE, los astrónomos identificaron esta estrella como un objeto excepcionalmente luminoso, con una masa inicial estimada en unas 13 veces la del Sol.
En 2014, M31-2014-DS1 protagonizó un episodio llamativo: una intensa llamarada en el infrarrojo que provocó un aumento brusco de su brillo. Pero lejos de ser el preludio de una explosión visible, ese evento marcó el inicio de su desaparición. En los años siguientes, su luminosidad cayó de forma sostenida hasta reducirse unas 10.000 veces en menos de una década.
A partir de 2023, la estrella dejó de ser detectable tanto por telescopios terrestres como espaciales. No hubo rastro de una supernova, algo completamente inesperado para una estrella de semejante tamaño.
El escenario más inquietante: un colapso silencioso
En condiciones normales, las estrellas con más de 8 o 10 masas solares terminan su vida de manera espectacular. Cuando agotan su combustible nuclear, su núcleo colapsa y genera una supernova de tipo II, dejando tras de sí una estrella de neutrones o un agujero negro.
Sin embargo, desde hace años los astrofísicos barajan otra posibilidad mucho más discreta: que algunas supergigantes colapsen directamente en un agujero negro, sin producir una explosión visible. En este escenario, conocido como supernova fallida, la estrella simplemente se apaga.
Eso es exactamente lo que parece haber ocurrido con M31-2014-DS1. Los datos de NEOWISE muestran una firma infrarroja compatible con un espasmo final del astro, durante el cual expulsó sus capas externas. Ese material, al enfriarse, formó una envoltura de polvo que sigue emitiendo débilmente en el infrarrojo, incluso después de que la estrella haya desaparecido.
Una pieza clave para un viejo problema astronómico
Este hallazgo no solo refuerza una hipótesis teórica largamente discutida, sino que también aporta pistas sobre un enigma conocido como el de la supernova perdida. Las tasas de formación estelar indican que deberían observarse más supernovas de las que realmente se detectan.
El caso de nuestra propia galaxia es ilustrativo: han pasado 421 años desde la última supernova observada en la Vía Láctea, cuando los modelos sugieren que deberían producirse al menos tres por siglo. Si una fracción significativa de las supergigantes termina su vida mediante colapsos silenciosos, esa discrepancia empezaría a tener sentido.
M31-2014-DS1 podría ser una de las mejores pruebas observacionales de que no todas las estrellas mueren con un estallido. Algunas, simplemente, desaparecen. Y en ese silencio cósmico, nace un agujero negro.
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