La pandemia de COVID-19 cambió muchas cosas en la vida cotidiana, pero también alteró la forma en que millones de personas piensan sobre el tiempo, la fragilidad de la vida y el sentido de las experiencias. Cuando en 2020 comenzaron a multiplicarse las noticias sobre contagios y muertes, la idea de la propia mortalidad pasó a ocupar un lugar mucho más presente en la mente de muchas personas. Seis años después, un nuevo estudio sugiere que esa reflexión tuvo una consecuencia inesperada: aumentó el deseo de viajar.
La investigación fue realizada por científicos de la University of Florida y de la Hanyang University, y fue publicada en la revista International Journal of Tourism Research. Los resultados indican que la conciencia sobre la mortalidad puede influir en la forma en que las personas buscan experiencias significativas, manejan el estrés y toman decisiones relacionadas con los viajes. Sin embargo, el efecto no es igual en todos los lugares: el entorno donde vive cada persona también desempeña un papel importante.
El lugar donde vivimos también influye en nuestras decisiones
El estudio revela que las personas que viven en destinos turísticos consolidados —como New York City o Las Vegas— reaccionan de forma diferente ante pensamientos relacionados con la muerte en comparación con quienes viven en regiones con menos desarrollo turístico.
Según explicó el investigador Jinwon Kim, profesor asociado del Departamento de Gestión de Turismo, Hospitalidad y Eventos de la University of Florida, el comportamiento humano no depende únicamente de los pensamientos individuales. También está profundamente influido por el contexto geográfico y social en el que se desarrolla la vida cotidiana.
Este enfoque forma parte de una perspectiva conocida como geo-psicología, que analiza cómo el entorno físico y la ubicación geográfica influyen en las decisiones humanas. Aunque el concepto ya había sido explorado en otras disciplinas, esta investigación lo aplica directamente al estudio del turismo y de las motivaciones que impulsan a las personas a viajar.

Viajar como forma de buscar sentido
Para llevar adelante la investigación, los científicos encuestaron a 440 adultos estadounidenses en junio de 2022. El cuestionario analizaba distintos aspectos psicológicos, como los pensamientos sobre la mortalidad, la autoestima, los valores culturales, la intención de viajar y un concepto central en el estudio: la trascendencia.
La trascendencia se refiere al deseo de encontrar significado en la vida y de conectar con algo más grande que uno mismo. Según los resultados del estudio, cuando las personas se enfrentan a la idea de su propia mortalidad tienden a buscar estrategias psicológicas que les permitan recuperar equilibrio emocional.
En muchos casos, esas estrategias se traducen en la búsqueda de experiencias que aporten sentido, crecimiento personal o conexión con el mundo. Viajar puede convertirse entonces en una forma de responder a esa necesidad.
Los investigadores observaron que pensar en la muerte también puede fortalecer la autoestima y ampliar la perspectiva sobre la vida. Esa combinación suele impulsar procesos de introspección que aumentan el deseo de viajar, especialmente entre quienes viven en zonas con fuerte actividad turística.
Cuando el turismo se convierte en una experiencia transformadora
En lugares donde el turismo forma parte del paisaje cotidiano y existen infraestructuras consolidadas, los viajes pueden adoptar formas más reflexivas y personales. Propuestas como el turismo de bienestar, los viajes culturales o el turismo de ritmo lento ofrecen espacios para la introspección y el desarrollo personal.
Según los investigadores, este tipo de experiencias ayudan a las personas a procesar pensamientos sobre la mortalidad de una forma constructiva. El viaje deja de ser únicamente una forma de ocio o escapismo y se convierte en una herramienta para reflexionar sobre la vida, fortalecer la resiliencia y encontrar nuevas perspectivas.

Cuando la respuesta es el retraimiento
El panorama cambia en regiones con menor desarrollo turístico. Allí, las personas que reflexionan sobre la mortalidad tienden con mayor frecuencia a adoptar estrategias de afrontamiento menos positivas, como el aislamiento social o la rumiación de pensamientos negativos.
En estas zonas, la probabilidad de buscar experiencias de trascendencia —y por lo tanto de viajar— suele disminuir. Los investigadores sugieren que esto puede estar relacionado con la falta de recursos turísticos disponibles, como atracciones culturales, actividades recreativas o servicios de transporte accesibles.
Cuando las opciones para viajar son limitadas, los pensamientos sobre la mortalidad pueden generar más incertidumbre que motivación.
Lo que esto significa para el futuro del turismo
A partir de estos resultados, los investigadores consideran que la industria turística podría replantear la forma en que presenta sus destinos. Más allá del entretenimiento o la simple evasión, los viajes podrían promocionarse como experiencias de crecimiento personal, bienestar emocional y conexión con el entorno.
En las regiones con menor desarrollo turístico, el desafío consiste en visibilizar mejor los recursos existentes. Parques naturales, senderos, museos locales o espacios culturales pueden convertirse en escenarios valiosos para experiencias reflexivas.
El estudio concluye que cuando las personas toman conciencia de la fragilidad de la vida, muchas no buscan simplemente escapar de la rutina. Buscan comprender mejor su propia existencia, reconectar con el mundo… y en muchos casos, el viaje se convierte en el camino para hacerlo.
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