Durante años, el permafrost fue visto como una especie de “caja fuerte” natural del planeta. Bajo sus capas congeladas permanecían atrapadas enormes cantidades de carbono acumuladas durante miles de años.
Hoy, esa barrera empieza a romperse.
Una reserva de carbono que empieza a liberarse
El permafrost es suelo que permanece congelado durante largos periodos, principalmente en regiones del Ártico. En su interior se almacena una cantidad colosal de carbono: se estima que alrededor de 1,7 billones de toneladas, es decir, aproximadamente el triple del carbono que hoy existe en la atmósfera.
Ese dato, por sí solo, ya es preocupante.
Pero el problema no es solo cuánto carbono hay, sino lo que está empezando a ocurrir con él.
El aumento de las temperaturas está descongelando estas capas, liberando gases como dióxido de carbono y metano, dos de los principales responsables del calentamiento global.
Un cambio invisible… pero decisivo
Lo más inquietante del estudio no es únicamente la liberación de gases, sino cómo ocurre.
Los investigadores observaron que, a medida que el permafrost se descongela, su estructura se vuelve entre 25 y 100 veces más permeable. Esto significa que los gases pueden escapar con mucha mayor facilidad.
Y hay un punto crítico.
El mayor cambio se produce en un rango de temperatura muy concreto, entre -5 °C y 1 °C. Es decir, justo en el momento en que el suelo comienza a dejar de estar completamente congelado.
En ese intervalo, el sistema cambia rápidamente de estado y libera gases de forma mucho más eficiente.

El riesgo de un efecto en cadena
Aquí es donde aparece el verdadero problema.
Más calor provoca más deshielo.
Más deshielo libera más gases.
Y más gases generan aún más calor.
Un ciclo que puede volverse cada vez más difícil de detener.
El ártico, en el centro del cambio
Este fenómeno es especialmente preocupante porque el Ártico se está calentando mucho más rápido que el resto del planeta.
Según los investigadores, estas regiones aumentan su temperatura hasta cuatro veces más rápido que otras zonas, lo que acelera aún más el proceso de descongelación.
Esto implica que el permafrost podría perder hasta un 42 % de su extensión en las próximas décadas, liberando cantidades masivas de carbono que hoy permanecen almacenadas.
Un riesgo que va más allá del clima
Además del impacto climático, el estudio señala otro problema menos visible pero igual de preocupante.
El deshielo también puede liberar gases como el radón, un elemento radiactivo vinculado a riesgos para la salud. Esto podría afectar directamente a las comunidades que viven en regiones cercanas al Ártico.
Es un recordatorio de que las consecuencias del cambio climático no son solo globales, sino también locales y concretas.
Lo que cambia este descubrimiento
Más allá de los números, este estudio aporta algo clave: evidencia de los mecanismos que están detrás del proceso.
Comprender cómo y cuándo se liberan estos gases permite mejorar los modelos climáticos y anticipar escenarios futuros con mayor precisión.
Pero también deja una conclusión difícil de ignorar.
El permafrost ya no es solo un almacén de carbono.
Se está convirtiendo, poco a poco, en una fuente activa de emisiones.
Y eso cambia las reglas del juego.
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