La escena se repite en oficinas, casas y espacios compartidos: mientras algunos hombres están cómodos con el aire acondicionado, muchas mujeres necesitan un abrigo extra. Aunque durante años esta diferencia se trató como un simple tópico de convivencia, distintas investigaciones muestran que existe una base fisiológica real detrás de esa mayor sensibilidad femenina al frío.
Hormonas, metabolismo y circulación
Una de las principales explicaciones está en la composición corporal. En promedio, las mujeres tienen menor masa muscular que los hombres, y el músculo produce calor de manera constante. También suelen presentar una tasa metabólica más baja, lo que significa que generan menos calor interno en reposo.
La grasa subcutánea puede funcionar como aislante, pero también dificulta que el calor llegue con facilidad a las extremidades. Por eso, muchas mujeres sienten manos y pies más fríos, incluso cuando su temperatura corporal central no está baja.
Las hormonas también cumplen un papel importante. La testosterona parece reducir la percepción del frío al actuar sobre canales nerviosos vinculados a la sensibilidad térmica. En cambio, el estrógeno puede influir en la circulación y favorecer que llegue menos calor a las extremidades. Además, durante ciertas fases del ciclo menstrual, la progesterona eleva la temperatura interna y modifica la forma en que el cuerpo percibe el frío.

Por qué las manos y los pies se enfrían antes
Los estudios también señalan que las mujeres suelen tener una respuesta vasomotora más rápida frente al frío. Esto significa que sus vasos sanguíneos se contraen antes y con más intensidad para conservar la temperatura de los órganos internos.
Ese mecanismo protege el calor central, pero reduce el flujo de sangre hacia la piel, las manos y los pies. Como consecuencia, la persona puede sentirse más incómoda en ambientes frescos aunque su cuerpo esté intentando mantener estable la temperatura interna.
La diferencia se vuelve más evidente cuando el ambiente se aleja de la zona de confort térmico. En espacios fríos, las mujeres tienden a percibir una sensación más intensa de baja temperatura que los hombres, incluso si ambos están expuestos al mismo entorno.
El problema de los ambientes pensados para hombres
La incomodidad térmica no depende solo del cuerpo. También influye cómo se diseñan los espacios. Muchos sistemas de climatización de oficinas fueron calculados históricamente tomando como referencia el metabolismo de un hombre promedio de mediana edad y unos 70 kilos.
Ese estándar puede sobreestimar las necesidades térmicas femeninas entre un 20% y un 30%. Por eso, una temperatura considerada cómoda para muchos hombres, como 22 °C o 24 °C, puede resultar fría para muchas mujeres, que suelen necesitar valores algo más altos para alcanzar el mismo nivel de confort.
Este desajuste se traduce en abrigos dentro de la oficina, calefactores portátiles o malestar durante la jornada. Incluso algunos estudios sugieren que el rendimiento en ciertas tareas puede variar según la temperatura ambiente, especialmente cuando el frío se vuelve persistente.
Una sensibilidad que cambia con la vida
La percepción del frío en las mujeres tampoco es fija. Cambia durante el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia. En la fase posterior a la ovulación, la progesterona puede elevar la temperatura corporal y modificar los umbrales de respuesta al frío. Durante el embarazo, el metabolismo aumenta y muchas mujeres prefieren ambientes más frescos, sobre todo en etapas avanzadas.
En la menopausia, la caída del estrógeno puede provocar sofocos, sudoración nocturna y luego escalofríos, generando una relación más inestable con la temperatura.
La conclusión científica no es que todas las mujeres sientan frío del mismo modo, sino que existen diferencias biológicas y sociales que explican por qué muchas necesitan ambientes más cálidos. El llamado “invierno femenino” no es solo una percepción: también refleja cómo el cuerpo, las hormonas y los espacios diseñados sin diversidad térmica influyen en la vida cotidiana.
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