La Amazonía no solo guarda biodiversidad. También conserva, en el interior de sus árboles, una memoria climática capaz de revelar cómo cambiaron las lluvias, las sequías y las inundaciones a lo largo del tiempo. Para entender si los eventos extremos actuales tienen precedentes o si responden a una alteración más profunda del clima, científicos recurrieron a una herramienta clásica: los anillos de crecimiento.

Los árboles tropicales también guardan memoria

Durante mucho tiempo se creyó que la dendrocronología, el estudio de los anillos de los árboles, funcionaba principalmente en zonas templadas. Allí, el crecimiento se detiene durante el invierno y deja marcas anuales más fáciles de identificar. En los trópicos, donde las estaciones no siguen el mismo patrón térmico, parecía más difícil aplicar este método.

Sin embargo, los árboles amazónicos también enfrentan ritmos estacionales. La falta de agua, las inundaciones extremas o los cambios en el nivel de los ríos pueden frenar su crecimiento y dejar señales visibles en la madera. Esas marcas permiten reconstruir condiciones ambientales del pasado y comparar los extremos recientes con ciclos anteriores.

Investigadores del Instituto Nacional de Investigaciones Amazónicas de Brasil, junto con universidades del Reino Unido, analizaron muestras de árboles para estudiar cómo evolucionó el clima en la cuenca amazónica.

Una Amazonía más extrema, no simplemente más seca

Las sequías de 2023 y 2024 encendieron alarmas. Los niveles de agua descendieron a mínimos históricos, las temperaturas se dispararon y se registraron impactos severos sobre la fauna, incluidos delfines de río. La pregunta era inevitable: ¿se está secando la Amazonía?

Los anillos ofrecen una respuesta más compleja. Según los investigadores, la región no estaría secándose de manera uniforme. En cambio, el ciclo hidrológico se volvió más extremo. Desde la década de 1980, las lluvias durante la temporada húmeda aumentaron entre un 15% y un 22%, mientras que las precipitaciones en la estación seca disminuyeron hasta un 13,5%.

Esto significa que la Amazonía recibe más agua en algunos momentos, pero también atraviesa periodos secos más duros. El norte experimenta lluvias más intensas, el sur enfrenta estaciones secas más prolongadas y la zona central queda expuesta a ambos extremos.

Lo que el pasado ayuda a entender

Al revisar muestras que abarcan 256 años, los científicos encontraron periodos antiguos de sequía extrema, como una fase de 18 años en la cuenca nororiental. Sin embargo, la combinación actual de sequías severas e inundaciones frecuentes parece cada vez más intensa y concentrada en pocas décadas.

La dificultad está en separar la variabilidad natural del impacto humano. Las temperaturas del océano Atlántico tropical, la deforestación, la degradación forestal, los incendios y el calentamiento global interactúan en un sistema climático muy complejo. No hay una única causa simple.

Aun así, los árboles registran una señal clara: los extremos se están amplificando. Sus anillos muestran que el clima amazónico cambió de ritmo y que las estaciones ya no se comportan como antes.

La lección es incómoda. La Amazonía no está solo frente a menos lluvia o más calor, sino ante una inestabilidad creciente. Y esa memoria escrita en la madera puede ser clave para entender hasta qué punto el cambio climático ya está alterando el corazón verde del planeta.

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