Dos estudiantes pueden estar sentados en la misma clase, frente al mismo ejercicio y bajo la misma consigna, pero no partir del mismo lugar. La diferencia no siempre se ve en los materiales, en el uniforme o en la ayuda que reciben en casa. Muchas veces aparece en algo más silencioso: la forma de usar el lenguaje para explicar, argumentar y construir conocimiento.
La desigualdad también se hereda en palabras
Los informes educativos muestran desde hace años que el nivel socioeconómico de las familias es uno de los factores que más condiciona el éxito escolar. En algunos casos, la brecha entre alumnos de hogares con más y menos recursos puede equivaler a varios cursos de diferencia. La escuela pública tiene la misión de reducir esa distancia, pero no siempre lo consigue.
Una de las razones está en el lenguaje. Los niños de familias con mayor capital cultural suelen llegar a la escuela después de haber escuchado más palabras, más conversaciones complejas y más explicaciones sobre el mundo. No se trata solo de cantidad, sino de calidad: vocabulario variado, estructuras sintácticas más elaboradas, preguntas, razonamientos y argumentos.
Ese aprendizaje empieza mucho antes de que el alumno entre al aula. Para cuando la escuela detecta la diferencia, muchas veces la brecha ya está instalada.
La escuela habla un lenguaje que no todos traen de casa
El sociólogo Basil Bernstein ya había señalado que las familias de distintas clases sociales no solo tienen distintos recursos económicos, sino también distintos códigos de comunicación. Algunos niños crecen en entornos donde se usa un lenguaje más abstracto, explicativo y cercano al registro escolar. Otros se desarrollan en contextos donde el habla está más ligada a la experiencia directa y cotidiana.
El problema no es que un lenguaje sea “mejor” que otro. El problema es que la escuela suele valorar uno por encima del otro y, además, lo da por supuesto. Así, quienes ya dominan el registro académico parecen tener más capacidad, cuando en realidad muchas veces tienen más familiaridad con el lenguaje que la escuela exige.

Historia, una materia atravesada por las palabras
La asignatura de Historia muestra con claridad esta dificultad. Para comprender procesos como la urbanización, la Revolución Industrial o la caída del Imperio romano no basta con memorizar datos. Hay que establecer causas, relacionar hechos, distinguir interpretaciones y usar conceptos complejos como “industrialización”, “hegemonía” o “ruptura”.
Ese tipo de pensamiento necesita herramientas lingüísticas específicas. Sin ellas, los alumnos pueden caer en explicaciones simples, presentistas o demasiado categóricas. No por falta de inteligencia, sino por falta de acceso al lenguaje con el que se construye el conocimiento histórico.
Enseñar el lenguaje para reducir la brecha
La buena noticia es que el lenguaje se puede enseñar. Cuando la escuela explicita cómo se escribe, se argumenta y se piensa dentro de cada materia, los alumnos de entornos más desfavorecidos mejoran de manera significativa.
No alcanza con pedirles que “expliquen mejor” o “desarrollen más”. Es necesario enseñarles qué significa argumentar en Historia, cómo se conectan causas y consecuencias, cómo se usan conceptos abstractos y cómo se construye una respuesta académica.
La desigualdad educativa no se corrige solo con más recursos, aunque estos sean necesarios. También exige cambiar la relación de la escuela con el lenguaje. Dejar de tratarlo como algo que los alumnos deberían traer de casa y empezar a enseñarlo como una herramienta central del aprendizaje.
Porque quien no domina el lenguaje con el que se interpreta el pasado también tiene menos herramientas para leer el presente. Y esa desigualdad, aunque silenciosa, puede ser tan profunda como la económica.
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