España vuelve a enfrentarse a una pregunta incómoda cada vez que llega la temporada de incendios: ¿sirve de algo concentrar todos los esfuerzos en apagar el fuego cuando el monte lleva meses acumulando combustible? Los datos recientes muestran un cambio preocupante. No necesariamente hay más incendios, pero sí arden con una intensidad mucho mayor.

La clave está en lo que ocurre antes del verano. Durante años, ramas, matorrales, hojas secas y restos vegetales se acumulan en los bosques sin una gestión suficiente. Esa biomasa abandonada actúa como combustible natural. Cuando llegan las olas de calor, la sequía o una tormenta seca, un pequeño foco puede convertirse en un incendio difícil de controlar.

El problema empieza mucho antes de la chispa

El abandono rural, la pérdida de usos tradicionales del monte y la reducción de actividades como el pastoreo o la recogida de leña dejaron enormes superficies forestales sin mantenimiento. Durante siglos, esas prácticas ayudaban a reducir de forma natural la carga vegetal. Hoy, en muchas zonas, ese equilibrio se rompió.

Los técnicos forestales advierten que la respuesta no puede limitarse a sumar bomberos, hidroaviones o medios de extinción en agosto. Esas herramientas son necesarias, pero llegan tarde si el territorio no fue gestionado durante el resto del año.

El verdadero desafío está en transformar la prevención en una actividad permanente, capaz de reducir combustible antes de que el fuego aparezca.

La biomasa forestal podría reducir incendios, generar energía y revivir zonas rurales
Matt Palmer – Unsplash

La biomasa como herramienta de prevención

La propuesta que gana fuerza en el sector forestal es aprovechar de forma sostenible los restos vegetales del monte y convertirlos en energía. Después de podas, claras o trabajos preventivos, la madera y la maleza retirada pueden triturarse y transformarse en astilla o pellet.

Ese material puede alimentar calderas en municipios, hospitales, colegios, polideportivos o industrias. El resultado es doble: el monte queda con menos carga combustible y las comunidades locales obtienen una fuente de energía renovable, cercana y relativamente estable.

No se trata simplemente de “limpiar el monte”, sino de gestionarlo con planificación técnica. La diferencia es importante: una intervención mal diseñada puede dañar los ecosistemas, mientras que una gestión forestal sostenible puede reducir riesgos, proteger biodiversidad y generar actividad económica.

Un recurso que Europa ya tiene

La biomasa no es una tecnología experimental. En la Unión Europea representa una parte importante de la energía renovable y, además, se produce mayoritariamente dentro del propio territorio europeo. Eso la convierte en una fuente menos dependiente de mercados internacionales y más vinculada a economías locales.

En España, el potencial sigue infrautilizado. Cada año los bosques generan millones de metros cúbicos de nueva biomasa, pero solo una parte se aprovecha. El resto permanece en el terreno, aumentando la vulnerabilidad frente a incendios cada vez más extremos.

Algunas empresas ya trabajan en la transformación de residuos forestales en energía limpia. También existen propuestas para ampliar las redes de calor con biomasa hasta 2030, especialmente en zonas rurales y municipios con alto riesgo de incendio.

La prevención también puede crear empleo rural

El uso de biomasa forestal no solo tiene una dimensión ambiental. También puede convertirse en una oportunidad para territorios despoblados. Gestionar el monte requiere cuadrillas, transporte, plantas de tratamiento, mantenimiento de calderas y redes de distribución.

Eso significa empleo local y una razón económica para volver a mirar el bosque como un recurso vivo, no como un espacio abandonado hasta que arde.

La gran advertencia del sector es clara: si las políticas forestales, energéticas y rurales siguen funcionando por separado, España continuará llegando tarde a cada verano. Apagar incendios seguirá siendo imprescindible, pero ya no basta.

La verdadera batalla contra el fuego empieza mucho antes de que aparezcan las llamas. Empieza en invierno, en el monte, retirando combustible, generando energía y devolviendo gestión a territorios que llevan demasiado tiempo esperando.

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