En uno de los desiertos más fríos y secos del planeta, una corriente rojiza emerge periódicamente del glaciar Taylor y se derrama sobre el paisaje blanco de la Antártida. Su aspecto recuerda a una herida abierta en el hielo, pero el color de las llamadas Cataratas de Sangre no procede de sangre ni de algas.
La cascada está formada por una salmuera extremadamente salada y rica en hierro. Cuando el líquido sale del glaciar y entra en contacto con el oxígeno, el hierro se oxida y genera las tonalidades rojas y anaranjadas que cubren el hielo y los sedimentos. Ahora, un estudio publicado en Nature Geoscience aporta una nueva pista sobre el origen de esa agua: podría ser el resto de un antiguo ambiente marino que quedó aislado bajo el glaciar.

Los microbios conservan la huella de un océano antiguo
El equipo analizó 167 muestras de agua, hielo, barro, sedimentos y partículas transportadas por el viento, recogidas en las Cataratas de Sangre, otros sectores de los Valles Secos de McMurdo y puntos marinos de referencia.
Los científicos encontraron alrededor del extremo del glaciar Taylor una comunidad particular de microorganismos eucariotas —seres cuyas células contienen un núcleo— vinculados habitualmente con ambientes oceánicos. Entre ellos había diatomeas, dinoflagelados, haptófitos y ciliados.
La señal fue especialmente intensa en el barro y los sedimentos teñidos por la salmuera. Las diatomeas asociadas con ambientes marinos representaron más del 60% de esa comunidad y, en algunos análisis, se acercaron al 80%. En cambio, otros puntos de los Valles Secos estaban dominados por organismos terrestres o de agua dulce.
No son únicamente restos genéticos
El hallazgo más llamativo apareció al analizar ARN ambiental. A diferencia del ADN, que puede permanecer durante mucho tiempo después de la muerte de un organismo, el ARN permite detectar actividad biológica reciente.
Los resultados mostraron microorganismos fotótrofos activos, con genes relacionados con la fotosíntesis, la reparación celular y la respuesta al frío, la salinidad y otros tipos de estrés. Esto indica que no se trata simplemente de fósiles moleculares depositados en el lugar, sino de una comunidad que todavía responde a su entorno extremo.
El estudio no afirma que esos organismos hayan permanecido intactos durante millones de años. La comunidad actual probablemente combina descendientes de antiguos linajes marinos, organismos redistribuidos dentro del valle y especies seleccionadas por las condiciones excepcionales del glaciar.
El viento no explica por sí solo el misterio
Una explicación alternativa proponía que los microorganismos marinos habían llegado desde la costa transportados por los intensos vientos antárticos. Sin embargo, las muestras del aire contenían muy pocas señales oceánicas.
Además, algunos linajes encontrados junto a las cataratas presentaban diferencias genéticas respecto de sus parientes actuales del estrecho de McMurdo, un patrón compatible con un aislamiento prolongado. Los autores consideran que el viento pudo contribuir en algún momento, pero no basta para explicar la comunidad localizada alrededor del flujo rojizo.
La interpretación más probable es que el agua marina entrara en el valle durante un periodo más cálido y con un nivel del mar superior. Cuando el clima cambió y el glaciar avanzó, parte de esa agua quedó atrapada, se concentró en sales y sobrevivió en estado líquido bajo el hielo.
Todavía no se sabe con precisión cuándo ocurrió. Estimaciones anteriores sitúan el aislamiento hace más de un millón de años, pero serán necesarios estudios genéticos y mapas más detallados para reconstruir la historia completa.
Las Cataratas de Sangre ya no son solo una curiosidad teñida por hierro. También podrían ser una ventana biológica hacia una Antártida antigua, cuando el océano ocupaba regiones que hoy permanecen enterradas bajo cientos de metros de hielo.
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