Durante décadas, uno de los finales más aceptados para la Tierra parecía inevitable: dentro de unos 5.000 millones de años, el Sol se hincharía hasta convertirse en una gigante roja y terminaría engullendo nuestro planeta.

Un nuevo estudio plantea un desenlace diferente. Los cálculos más recientes sugieren que la Tierra podría alejarse lo suficientemente rápido como para escapar de las capas exteriores del Sol y sobrevivir tanto a su fase de gigante roja como a una segunda expansión posterior. No conservaría la vida, el agua ni probablemente su atmósfera, pero seguiría existiendo como una roca estéril alrededor de una enana blanca.

La Tierra podría sobrevivir a la muerte del Sol, pero lo haría convertida en un mundo sin océanos ni vida
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La vida desaparecerá mucho antes que el planeta

El Sol tiene unos 4.600 millones de años y todavía atraviesa la etapa más estable de su existencia, durante la cual transforma hidrógeno en helio en su núcleo. Sin embargo, su luminosidad aumenta lentamente a medida que envejece.

Ese incremento terminará alterando la química y el clima terrestres mucho antes de que la estrella se convierta en una gigante roja. Un modelo publicado en Nature Geoscience calculó que la atmósfera mantendrá más del 1% de su nivel actual de oxígeno durante aproximadamente otros 1.080 millones de años, con un margen de incertidumbre de 140 millones.

El aumento de la radiación solar acelerará la eliminación del dióxido de carbono atmosférico mediante el ciclo de las rocas. Las plantas tendrán cada vez menos CO₂ disponible para realizar la fotosíntesis, la producción de oxígeno caerá y la atmósfera terminará pareciéndose más a la de la Tierra primitiva. Este colapso ocurriría antes de la pérdida extensa del agua superficial prevista por los modelos climáticos.

Cuando el Sol alcance sus fases gigantes, la Tierra llevará miles de millones de años siendo inhabitable.

Dos fuerzas decidirán si la Tierra es destruida

El destino físico del planeta depende de una competencia entre dos fenómenos. Mientras el Sol se expande, las interacciones de marea pueden quitarle energía a la órbita terrestre y arrastrar el planeta hacia el interior.

Al mismo tiempo, el envejecimiento hará que el Sol expulse enormes cantidades de materia mediante vientos estelares. Al perder masa, su gravedad disminuirá y las órbitas de los planetas tenderán a ensancharse. Si predominan las mareas, la Tierra será engullida; si la pérdida de masa es suficientemente rápida, escapará hacia una órbita más distante.

El trabajo de Mats Esseldeurs, Stéphane Mathis y Leen Decin, publicado en Astronomy & Astrophysics, utiliza modelos actualizados de la disipación de mareas dentro de las estrellas envejecidas. Sus resultados indican que esas interacciones podrían ser más débiles de lo que estimaban algunos cálculos anteriores.

En las simulaciones, Mercurio y Venus no logran alejarse a tiempo y son absorbidos. La Tierra y Marte, en cambio, sobreviven a las expansiones solares y terminan en órbitas más amplias.

La supervivencia todavía no está garantizada

La mayor incertidumbre está en la velocidad a la que el Sol perderá masa durante su fase de rama asintótica gigante, una etapa posterior a la gigante roja. Las estimaciones actuales varían más de un orden de magnitud.

Con pérdidas bajas, la Tierra podría acabar dentro del Sol. Con tasas más elevadas, se alejaría a tiempo. Al utilizar como referencia a L2 Puppis, una estrella envejecida con una masa inicial semejante a la solar, los modelos favorecen la supervivencia terrestre, pero los investigadores reconocen que todavía faltan observaciones para afirmarlo con certeza.

Existe al menos una prueba de que un planeta rocoso puede atravesar un proceso similar. En 2024, astrónomos identificaron un mundo de alrededor de 1,9 masas terrestres orbitando una enana blanca a una distancia de entre una y dos unidades astronómicas. Su existencia demuestra que algunos planetas comparables con la Tierra pueden sobrevivir a la expansión final de su estrella.

Si nuestro planeta consigue repetir esa historia, terminará orbitando una enana blanca dentro de unos 8.000 millones de años. No será un refugio para la vida, sino la última reliquia de un mundo que alguna vez tuvo océanos, atmósfera y habitantes capaces de preguntarse cómo terminaría su historia.

Fuente: Meteored.

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