Las primeras poblaciones humanas que recorrieron América no habrían sobrevivido comiendo simplemente todo lo que encontraban a su paso. Su expansión estuvo estrechamente relacionada con la caza de los animales más grandes del continente: mamuts, perezosos terrestres gigantes y parientes antiguos de los elefantes.
Esa es la conclusión de una investigación internacional con participación de científicos del CONICET, la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. El trabajo reunió evidencia de 50 sitios arqueológicos distribuidos desde Alaska hasta la Patagonia y fue publicado en Science Advances.
Según el análisis, entre el 83% y el 90% del aporte energético potencial de aquellas dietas procedía de grandes herbívoros. El resultado cuestiona la imagen de unos primeros pobladores completamente generalistas, capaces de adaptarse desde el primer momento a cualquier alimento disponible en cada región.
Mamuts en el norte y perezosos gigantes en el sur
El equipo estudió tres grandes conjuntos arqueológicos correspondientes a diferentes momentos y regiones: Beringia oriental, el complejo Clovis de América del Norte y los grupos asociados con las puntas de proyectil “cola de pescado” de América del Sur.
Aunque las especies variaban, el patrón se repetía. En Alaska y Yukón, la principal presa era el mamut lanudo. En América del Norte predominaba el mamut de Columbia. Más al sur, los humanos se concentraban en perezosos terrestres gigantes y gonfoterios, enormes mamíferos emparentados con los elefantes actuales.
Esto no significa que despreciaran animales pequeños, peces o vegetales. La evidencia indica que podían consumirlos, pero su contribución alimentaria habría sido mucho menor frente a las toneladas de carne y grasa proporcionadas por una sola presa gigante.
Contar huesos no era suficiente
Una de las claves del estudio fue cambiar la manera de interpretar los restos arqueológicos. Contar cada animal como una unidad puede producir una imagen engañosa: un pequeño roedor y un megaterio aparecen como un ejemplar cada uno, aunque la cantidad de comida que ofrecían era radicalmente diferente.
Los investigadores calcularon el número mínimo de individuos representados en cada sitio, estimaron su peso y determinaron cuánta biomasa comestible podía aportar cada especie. Así descubrieron que los grandes herbívoros dominaban la dieta incluso cuando sus restos no eran los más numerosos.
“Cuántos tucu-tucu harían falta para igualar la energía que aporta un megaterio”, resumió el investigador Iván Pérez al explicar la lógica del método.
La misma estrategia permitió avanzar por territorios desconocidos
Especializarse en megafauna pudo facilitar la rápida expansión humana por el continente. En lugar de aprender desde cero qué plantas y animales pequeños podían consumirse en cada ecosistema, los grupos buscaban presas similares y utilizaban tecnologías de caza comparables.
La evidencia también revela desplazamientos de hasta 600 kilómetros, reconstruidos a partir del origen de las materias primas empleadas para fabricar herramientas y puntas de lanza. Eran distancias extraordinarias para grupos que viajaban a pie y no contaban con animales de carga.
Los autores describen a estas poblaciones como especializadas en su dieta, pero generalistas en el espacio: podían ocupar ambientes muy diferentes mientras mantuvieran una estrategia centrada en grandes mamíferos.
Una nueva pista sobre la extinción de los gigantes
El estudio también refuerza la hipótesis de que la caza humana contribuyó de forma importante a la desaparición de la megafauna. Las extinciones siguieron una secuencia hacia el sur similar al avance de las poblaciones: primero en Beringia, después en América del Norte y finalmente en Sudamérica.
Esto no elimina el papel del cambio climático. Los autores consideran que la pérdida de hábitats pudo volver más vulnerables a animales que se reproducían lentamente y que no estaban acostumbrados a un depredador humano organizado y tecnológicamente eficaz.
Cuando aquellos gigantes comenzaron a desaparecer, las dietas se diversificaron y cada población tuvo que adaptarse a los recursos locales. La estrategia que ayudó a los humanos a conquistar rápidamente dos continentes pudo haber contribuido también a borrar del paisaje a las mismas presas que hicieron posible ese avance.
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