Los glaciares de los Pirineos llevan décadas perdiendo hielo, pero su desaparición está creando un problema que va mucho más allá del paisaje. A medida que las temperaturas aumentan, también empieza a descongelarse el hielo oculto entre las rocas que funciona como una especie de pegamento natural de las montañas.
El resultado puede ser una mayor inestabilidad y desprendimientos de grandes bloques.
Por eso, científicos españoles están utilizando drones, satélites, radares, cámaras térmicas, sismógrafos y sensores instalados dentro de la propia montaña para observar cambios que hace apenas unos años eran prácticamente imposibles de detectar.
Los drones han sustituido a un equipo láser de 50 kilos
El Instituto Pirenaico de Ecología (IPE-CSIC) realiza cada año campañas para medir la evolución de los glaciares españoles, todos situados en los Pirineos.
Tradicionalmente, los investigadores colocaban estacas marcadas mediante GPS para calcular la cantidad de nieve acumulada y observar cuánto se desplazaba el hielo. En 2011 incorporaron escáneres láser terrestres capaces de pasar de unas pocas mediciones a cientos de miles de puntos sobre la superficie del glaciar.
La tecnología funcionaba, pero tenía un inconveniente considerable: el equipo pesaba alrededor de 50 kilos y dejaba zonas sin medir debido a los ángulos muertos.
Desde 2019, buena parte de ese trabajo se realiza con cinco drones capaces de crear mapas digitales completos de cada glaciar. Algunos incorporan cámaras térmicas y sensores láser que permiten comparar con enorme precisión cómo cambia la superficie de un año a otro.

También pueden detectar cuándo un glaciar comienza a moverse de manera extraña
Para estudiar el movimiento del hielo, los científicos utilizan radares de interferometría.
Estos instrumentos permiten detectar pequeñas aceleraciones que pueden producirse cuando el agua de deshielo se infiltra debajo del glaciar y modifica su estabilidad.
Gracias a estas mediciones se ha observado, por ejemplo, que gran parte del glaciar de Monte Perdido prácticamente ha dejado de desplazarse, mientras que otra zona todavía avanza alrededor de tres metros al año.
Los datos recogidos sobre el terreno se combinan además con observaciones de satélites como Sentinel y COSMO-SkyMed.
El mayor peligro puede estar debajo de las rocas
Aunque el colapso de los pequeños glaciares pirenaicos supone actualmente un riesgo limitado para las poblaciones, existe otra preocupación creciente: el deshielo del permafrost.
Se trata de suelo y roca que permanecen congelados durante largos periodos y que, en zonas de alta montaña, pueden ayudar a mantener estable toda la estructura rocosa.
Cuando ese hielo se derrite, las fracturas pueden abrirse y aumentar el riesgo de desprendimientos. Entre el Aneto y la Maladeta ya se registran caídas de bloques durante el verano, especialmente en periodos de temperaturas elevadas.
Sensores enterrados hasta 15 metros para saber qué ocurre dentro de la montaña
El proyecto europeo PermaPyrenees, activo hasta finales de 2027, intenta precisamente localizar y estudiar este permafrost.
Los investigadores introducen termómetros en perforaciones de hasta 15 metros de profundidad y utilizan señales eléctricas para estudiar la estructura del subsuelo hasta unos 45 metros.
También están descubriendo más glaciares rocosos activos de los previstos: formaciones aparentemente cubiertas únicamente por piedras que esconden hielo en su interior y pueden desplazarse lentamente.
En el macizo de la Maladeta se han instalado incluso sismógrafos para detectar caídas de rocas e instrumentos capaces de medir cuánto se abren determinadas grietas.
Vigilar los glaciares ya no consiste solo en saber cuánto hielo queda
Los glaciares españoles continuarán reduciéndose y algunos terminarán desapareciendo. Pero para los científicos, el problema no termina cuando desaparece el hielo visible.
La montaña puede seguir cambiando durante mucho más tiempo debido al deshielo del permafrost, y conocer dónde se encuentran las zonas inestables permitirá detectar movimientos anómalos y alertar antes de que puedan convertirse en un peligro para quienes recorren los Pirineos.
En ese escenario, los drones y satélites ya no sirven únicamente para documentar cómo desaparecen los glaciares: se están convirtiendo en una herramienta para vigilar cómo cambia toda la montaña a medida que se calienta.
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