Hablar de alguien cuando no está presente es una conducta tan habitual que probablemente todos la hemos practicado alguna vez. Puede parecer simple curiosidad o incluso un mal hábito, pero el cotilleo también puede desempeñar una función en la manera en la que las personas construyen y mantienen sus relaciones sociales.
El psiquiatra Javier Quintero recuerda que buena parte de nuestras conversaciones giran alrededor de otras personas: qué hicieron, cómo actuaron, qué pensamos de ellas o qué ocurrió dentro de determinado grupo.
Desde esta perspectiva, hablar de los demás no necesariamente es un defecto de carácter. También puede servir para intercambiar información social, comprender las normas de un grupo y generar sensación de pertenencia.
Hablar de otras personas nos ayuda a entender el grupo
Una de las ideas más conocidas sobre este comportamiento procede de los trabajos del antropólogo británico Robin Dunbar, quien ha estudiado durante décadas cómo las conversaciones sobre relaciones y otras personas ocupan una parte importante de nuestra vida social.
La hipótesis es que estas conversaciones cumplen una función parecida a la que otros primates realizan mediante el acicalamiento: mantener y reforzar relaciones dentro de grupos cada vez más grandes.
En lugar de limitarse a intercambiar datos, las personas utilizan las conversaciones para saber quién se relaciona con quién, qué comportamientos se consideran aceptables y qué está ocurriendo dentro de su entorno.
En ese sentido, contar algo sobre una tercera persona puede convertirse en una forma de establecer confianza con quien escucha.

El cotilleo no siempre tiene que ser negativo
La palabra suele asociarse inmediatamente con críticas, rumores o información perjudicial. Sin embargo, hablar sobre terceros también puede incluir contenidos neutrales o positivos.
Podemos comentar que alguien consiguió un nuevo trabajo, que atravesó una situación complicada o que necesita ayuda.
Por eso, el problema no está necesariamente en hablar de una persona ausente, sino en qué información compartimos, por qué lo hacemos y qué consecuencias puede tener.
Un comentario puede servir para advertir a alguien sobre una situación relevante o reforzar ciertas normas sociales. Pero también puede utilizarse para ridiculizar, excluir o dañar deliberadamente la reputación de otra persona.
Tres preguntas antes de contar algo sobre alguien
Quintero recupera para explicarlo los populares “tres filtros de Sócrates”, una historia tradicional que propone pasar la información por tres preguntas antes de compartirla.
La primera es sencilla: ¿es verdad? Es decir, si tenemos certeza de que aquello que estamos a punto de repetir ocurrió realmente.
La segunda pregunta es: ¿es bueno? Aquí se trata de valorar si el comentario aporta algo positivo o si únicamente perjudica a la persona de la que estamos hablando.
Por último aparece el filtro de la utilidad: ¿sirve para algo? Una información puede ser cierta y no especialmente positiva, pero aun así resultar necesaria si ayuda a prevenir un problema o tomar una decisión.

Hablar de los demás forma parte de nuestra vida social
Pretender eliminar por completo las conversaciones sobre terceras personas sería difícil. Gran parte de cómo comprendemos las relaciones humanas depende precisamente de intercambiar información sobre quienes nos rodean.
Lo importante es distinguir entre una conversación que ayuda a comprender, conectar o proteger y otra cuyo único objetivo es perjudicar.
Así, la próxima vez que aparezca el nombre de alguien que no está presente, quizá la pregunta no sea simplemente si estamos cotilleando.
Puede ser más útil preguntarse qué estamos aportando al contar esa historia y qué efecto puede tener cuando termine de circular.
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