Ciudades que funcionan como acumuladores de calor
Las zonas urbanas suelen registrar temperaturas superiores a las áreas rurales que las rodean, especialmente durante la noche. Es el llamado efecto de isla de calor urbana, provocado principalmente por materiales como el asfalto y el hormigón, la menor cobertura vegetal y el calor generado por edificios, vehículos y otras actividades humanas.
Aunque sus consecuencias sobre la salud humana son ampliamente conocidas, el fenómeno también está cambiando la forma en que numerosas especies se desarrollan dentro de las ciudades.
La temperatura es una de las principales señales ambientales que utilizan los animales para determinar cuándo alimentarse, reproducirse, migrar o salir de estados de reposo. Cuando ese patrón térmico cambia, también puede hacerlo su calendario biológico.
Los insectos se activan antes
El impacto resulta especialmente evidente entre los insectos, ya que su metabolismo depende directamente de la temperatura del ambiente.
En ciudades más cálidas, algunas especies pueden abandonar antes sus periodos de latencia y comenzar su actividad varias semanas antes que poblaciones que viven en zonas rurales próximas.
Mariposas y polillas también pueden prolongar sus temporadas de vuelo y reproducción gracias a temperaturas favorables durante más meses del año. En determinadas especies, incluso podría aumentar el número de generaciones que completan durante una misma temporada.
Sin embargo, adelantarse no siempre supone una ventaja.
Las plantas y otros organismos no responden necesariamente a las mismas señales. Mientras un insecto puede activarse por el aumento de temperatura, la floración de ciertas plantas continúa dependiendo en gran medida de la duración del día.
Esto puede producir un desajuste temporal: los insectos aparecen antes, pero sus fuentes de alimento todavía no están disponibles.
Las aves también adelantan su reproducción
Algo parecido ocurre con numerosas aves urbanas.
Especies habituales como el gorrión común o el mirlo pueden iniciar antes el cortejo, la construcción de nidos y la puesta de huevos en zonas urbanizadas respecto de poblaciones que habitan ambientes menos cálidos.
Pero adelantar la reproducción puede generar otro problema: que el nacimiento de los polluelos deje de coincidir con el momento de mayor disponibilidad de insectos.
Muchas aves dependen de orugas y otros invertebrados para alimentar a sus crías. Si el pico de abundancia de esas presas se produce antes o después de la eclosión, las nidadas pueden disponer de menos alimento durante una etapa crítica de crecimiento.
Este fenómeno se conoce como desacople o desajuste trófico.
Cuando el calor deja de ser una ventaja
Durante los meses más cálidos, la isla de calor urbana puede convertirse directamente en una fuente de estrés.
Las temperaturas elevadas aumentan el riesgo de deshidratación e hipertermia en las aves, que deben buscar sombra, agua o reducir su actividad durante las horas centrales del día.
Como consecuencia, algunas especies desplazan la búsqueda de alimento hacia primeras horas de la mañana o últimas de la tarde.
Los insectos también pueden alcanzar límites térmicos perjudiciales. Más calor no implica automáticamente mejores condiciones: cuando las temperaturas superan determinados umbrales, disminuyen la supervivencia y el éxito reproductivo.
Las ciudades como laboratorios evolutivos
La presión ambiental urbana puede llegar incluso a favorecer cambios evolutivos.
Algunas poblaciones de insectos que llevan generaciones viviendo en ciudades muestran respuestas distintas a la temperatura y a la duración del día respecto de poblaciones rurales de la misma especie. La selección natural puede favorecer a los individuos mejor adaptados a ambientes más cálidos, iluminados y fragmentados.
Las ciudades se convierten así en enormes laboratorios naturales donde comportamiento y evolución pueden observarse prácticamente en tiempo real.
Comprender estos cambios será cada vez más importante a medida que aumenten las temperaturas urbanas.
Ampliar la cobertura vegetal, crear corredores ecológicos, conservar zonas de sombra y reducir las superficies que acumulan calor no solo ayuda a las personas. También permite que aves, insectos y otros animales encuentren refugios térmicos y mantengan los ritmos naturales de los que depende buena parte de los ecosistemas urbanos.
Fuente: Noticias de la Ciencia y la Tecnología.
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