El primer Diplodocus fuera de Norteamérica

Durante décadas, la historia del Diplodocus parecía estar bastante clara. Todos los ejemplares identificados con seguridad procedían del oeste de Estados Unidos, donde los enormes yacimientos del Jurásico han permitido reconstruir buena parte de lo que sabemos sobre este dinosaurio de cuello largo y cola en forma de látigo.

Pero un nuevo estudio publicado en la revista Journal of Vertebrate Paleontology acaba de romper esa frontera geográfica. Los investigadores han identificado en Teruel el primer registro confirmado del género Diplodocus fuera de Norteamérica.

Los restos proceden del yacimiento de La Tejería, situado en El Castellar, y corresponden a un animal que habitó la península ibérica hace aproximadamente 150 millones de años, durante el Jurásico Superior.

Catorce vértebras han sido suficientes

No se ha encontrado un esqueleto completo. De hecho, el material recuperado está formado principalmente por 14 vértebras de la cola y varios chevrones, unos huesos con forma de “Y” situados en la parte inferior de las vértebras caudales.

Puede parecer poco para identificar a un dinosaurio tan concreto, pero precisamente esos huesos conservan detalles anatómicos muy característicos.

Los paleontólogos analizaron la forma de las vértebras, sus cavidades internas, los surcos presentes en algunas superficies y la estructura de los chevrones. Después compararon estos rasgos con otros saurópodos conocidos y realizaron análisis filogenéticos para determinar su posición dentro del árbol evolutivo.

La combinación terminó apuntando directamente al género Diplodocus.

Durante años buscamos Diplodocus en Estados Unidos. Uno llevaba 150 millones de años enterrado en Teruel
Curiosidad Prehistórica – Youtube.

Un gigante de unos 25 metros

Aunque solo se conserva parte de la cola, las proporciones de las vértebras permiten estimar las dimensiones aproximadas del animal.

Los investigadores calculan que este ejemplar pudo alcanzar unos 25 metros de longitud, una cifra que lo coloca entre los grandes saurópodos que habitaron Europa durante el Jurásico.

El tamaño también ayuda a entender la magnitud del descubrimiento. No estamos hablando de un pequeño dinosaurio que pudo pasar desapercibido en el registro fósil, sino de uno de los grandes herbívoros de su ecosistema.

El problema es cómo llegó hasta España

El descubrimiento plantea ahora una pregunta inevitable: si los Diplodocus vivían en Norteamérica, ¿cómo terminó uno en lo que hoy es Teruel?

Hace 150 millones de años el mapa del planeta era muy diferente. El Atlántico todavía estaba en proceso de formación y las masas terrestres que acabarían convirtiéndose en Europa y Norteamérica se encontraban mucho más próximas.

Los investigadores plantean que pudieron existir episodios de dispersión entre ambas regiones, posiblemente favorecidos por descensos del nivel del mar, conexiones terrestres temporales o zonas poco profundas que redujeron las barreras entre continentes.

Eso habría permitido que grandes dinosaurios se desplazaran por territorios mucho más amplios de lo que su registro fósil parecía indicar.

Un fósil que obliga a rehacer el mapa

Ya conocíamos otros miembros de la familia de los diplodócidos en lugares como Portugal, Tanzania o Sudamérica. Lo que nunca se había confirmado era la presencia del propio género Diplodocus fuera de Norteamérica.

El ejemplar de Teruel cambia esa idea.

No significa que estos dinosaurios estuvieran distribuidos por todo el planeta, pero sí demuestra que su rango geográfico era mayor de lo que habíamos asumido durante décadas.

Y también deja abierta una posibilidad interesante: si un Diplodocus consiguió llegar hasta Europa, puede que existan más restos esperando ser identificados en otros yacimientos.

A veces no hace falta encontrar un dinosaurio entero para cambiar su historia. En este caso, 14 vértebras han sido suficientes para mover al Diplodocus miles de kilómetros fuera del mapa en el que lo habíamos encerrado durante más de un siglo.

Fuente: Xataka.

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