Durante décadas hemos reconstruido casi todos los aspectos imaginables del Tyrannosaurus rex: cuánto pesaba, cómo mordía, a qué velocidad podía desplazarse o qué comía. Sin embargo, había algo mucho más difícil de conocer: qué temperatura tenía realmente dentro de su cuerpo.
La respuesta ha aparecido en un lugar inesperado. Un equipo internacional ha utilizado el esmalte de tres dientes fósiles procedentes de la Formación Hell Creek, en Montana, para obtener la primera estimación directa de la temperatura corporal del famoso dinosaurio.
El resultado medio fue de aproximadamente 36,3 ºC, sorprendentemente próximo a la temperatura de los seres humanos y de algunos grandes mamíferos actuales.
Dos de los dientes pertenecían a “Thomas”, uno de los ejemplares de T. rex conservados por el Museo de Historia Natural de Los Ángeles. El avance fue posible porque los investigadores lograron reducir alrededor de un 90% la cantidad de material fósil necesaria para realizar este tipo de análisis destructivo.
Un termómetro químico escondido en los dientes
La técnica utilizada se conoce como termometría de isótopos agrupados.
Dentro del esmalte existen variantes pesadas de carbono y oxígeno que pueden enlazarse entre sí. La frecuencia con la que aparecen esas uniones depende de la temperatura existente cuando el esmalte se estaba formando: aparecen más a temperaturas bajas y menos cuando aumenta el calor.
Como los dientes se mineralizan dentro del organismo, esa relación isotópica funciona como una especie de termómetro químico congelado en el tiempo.
El esmalte resulta especialmente útil porque sus grandes estructuras cristalinas resisten muy bien las alteraciones químicas posteriores al enterramiento. Eso permite recuperar información fisiológica incluso después de decenas de millones de años.
Mucho más caliente que los cocodrilos de su entorno
Los investigadores no analizaron solamente al T. rex. También estudiaron dientes de cocodrilianos encontrados en la misma Formación Hell Creek.
La comparación resultó reveladora.
Mientras el dinosaurio rondaba los 36 ºC, los cocodrilianos proporcionaron temperaturas cercanas a los 30-31 ºC, similares a las que presentan muchos reptiles ectotermos actuales. Esa diferencia también ayuda a descartar que los valores fueran simplemente consecuencia de procesos geológicos posteriores que hubieran alterado todos los fósiles de la misma manera.
El T. rex, por tanto, estaba manteniendo su organismo claramente más caliente que muchos de los reptiles que compartían su ecosistema.
Eso no significa que fuera simplemente un “mamífero gigante”
Aquí aparece la parte más delicada.
Una temperatura corporal elevada no permite determinar por sí sola exactamente qué metabolismo tenía un animal extinto. Los grandes animales también pueden conservar calor durante largos períodos simplemente gracias a su enorme masa, fenómeno conocido como homeotermia inercial.
Sin embargo, el nuevo dato encaja con otras evidencias que apuntan hacia una fisiología activa en los tiranosaurios.
Una de las más interesantes está en Alaska. Se han encontrado fósiles de tiranosaurios en regiones que durante el Cretácico experimentaban inviernos extremadamente fríos. Un animal completamente dependiente del calor exterior habría tenido muchas más dificultades para vivir allí. Los investigadores utilizaron precisamente la nueva estimación térmica junto con modelos paleoclimáticos para estudiar qué regiones de Norteamérica podían resultar habitables para estos dinosaurios.
Unos pocos miligramos de esmalte han conseguido así revelar algo imposible de observar en un esqueleto: bajo aquel cuerpo gigantesco funcionaba un organismo cuya temperatura interna se encontraba sorprendentemente cerca de la nuestra.
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