Una pequeña muestra del asteroide Bennu está ayudando a reconstruir cómo se distribuía la materia durante los primeros momentos del Sistema Solar. Investigadores de la ETH Zurich analizaron apenas medio gramo del material recogido por la misión OSIRIS-REx de la NASA y encontraron pistas que sitúan su origen cerca de una región donde el agua podía congelarse.
Los resultados sugieren además que Júpiter desempeñó un papel fundamental al controlar qué tipo de material podía desplazarse de una zona a otra del disco que rodeaba al joven Sol.
Una huella química de hace 4.500 millones de años
La misión OSIRIS-REx recogió muestras de Bennu en 2020 y las devolvió a la Tierra en septiembre de 2023. La cápsula transportaba alrededor de 120 gramos de polvo y fragmentos rocosos prácticamente intactos desde los primeros tiempos del Sistema Solar.
Para determinar su procedencia, los científicos estudiaron diferentes isótopos de hierro, titanio y cromo.
Los isótopos son variantes de un mismo elemento que poseen masas ligeramente distintas. Su distribución puede funcionar como una huella química capaz de revelar de qué región procede un material.
El análisis mostró que Bennu presenta importantes similitudes con el asteroide Ryugu y con los meteoritos de tipo CI, unas rocas primitivas y ricas en carbono.

Bennu parece ser una mezcla de dos regiones
La composición del asteroide no encaja claramente con los materiales que caracterizan al Sistema Solar interior ni con los de las regiones exteriores.
Según los investigadores, Bennu sería una especie de “híbrido”, formado a partir de partículas procedentes de ambos lugares.
Este resultado contradice la idea de que cuerpos como Bennu necesariamente tuvieron que formarse muy lejos del Sol, cerca de la región donde actualmente encontramos numerosos cometas.
La explicación propuesta sitúa su origen mucho más cerca de una frontera fundamental del joven Sistema Solar: la línea de hielo.
El hielo pudo funcionar como un pegamento
Hace unos 4.500 millones de años, el Sol estaba rodeado por un enorme disco de gas y polvo del que posteriormente surgirían planetas, lunas y asteroides.
En determinadas zonas del disco, la temperatura era suficientemente baja para que el vapor de agua se congelara. Esa frontera recibe el nombre de línea de agua-hielo.
Los científicos creen que allí pudieron encontrarse partículas procedentes tanto de regiones internas como externas.
El hielo habría favorecido que los diminutos granos de polvo se pegaran entre sí y comenzaran a formar objetos mayores.
Este escenario también podría explicar por qué Bennu contiene agua y moléculas orgánicas, materiales especialmente interesantes para estudiar los ingredientes disponibles durante la formación de la Tierra.
Júpiter actuó como una barrera parcial
El nuevo estudio atribuye al joven Júpiter una función decisiva en todo este proceso.
El planeta gigante probablemente se formó muy temprano, durante aproximadamente el primer millón de años de existencia del Sistema Solar.
Su enorme gravedad habría dificultado el desplazamiento de fragmentos de gran tamaño entre distintas regiones del disco.
Sin embargo, las partículas de polvo más pequeñas sí podían atravesar esa barrera y continuar desplazándose.
De esta manera, Júpiter habría funcionado como una especie de filtro gravitatorio: retenía los materiales grandes, pero permitía el paso de partículas diminutas que posteriormente se mezclaban cerca de la línea de hielo.
Qué puede contar Bennu sobre el origen de la Tierra
El interés de Bennu no se limita a reconstruir su propia historia.
Los asteroides primitivos conservan materiales que han cambiado relativamente poco desde la formación del Sistema Solar. Por eso funcionan como cápsulas del tiempo capaces de mostrar qué elementos estaban disponibles antes de que se completara la formación de los planetas.
El equipo considera que Bennu podría proporcionar una de las mejores muestras de la mezcla original de materiales que finalmente terminó formando los planetas rocosos, incluida la Tierra.
Los investigadores quieren ahora comprobar si otros asteroides muestran firmas isotópicas similares y determinar con mayor precisión cuánto influyó Júpiter en el transporte de polvo.
Las futuras misiones de retorno de muestras, incluida la japonesa MMX, que pretende traer material de Fobos a la Tierra, podrían aportar nuevas piezas para reconstruir cómo se organizó el Sistema Solar en sus primeros millones de años.
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