¿Alguna vez te has preguntado por qué no puedes dejar de comer papas fritas o por qué tu antojo siempre te lleva hacia snacks salados? Aunque parezca solo una cuestión de gustos, la ciencia tiene algo que decir al respecto. Una investigación sugiere que la preferencia por lo salado podría estar codificada en nuestros genes, y este hallazgo podría tener consecuencias importantes para nuestra salud.

El papel de un gen en el gusto por lo salado
No es solo cuestión de preferencias: existe un gen, el TAS2R38, que podría explicar por qué algunas personas prefieren alimentos salados. Este gen, conocido por su relación con la percepción del sabor amargo, presenta una variante particular —el alelo «G»— que parece estar vinculada a una mayor sensibilidad al amargor. Quienes poseen una o dos copias de este alelo suelen evitar alimentos amargos como el brócoli o la espinaca, pero aquí viene lo interesante: esta variante genética también estaría relacionada con una mayor inclinación a consumir sal.
Un estudio de la Universidad de Kentucky analizó a más de 400 personas con factores de riesgo cardiovascular, como hipertensión y obesidad. Los resultados fueron claros: aquellos con el alelo «G» eran casi dos veces más propensos a consumir sodio por encima de las recomendaciones de la Asociación Americana del Corazón, que sugiere no superar los 2.300 miligramos diarios, con un objetivo ideal de 1.500 mg.
Por qué esta predisposición es un riesgo para la salud
El problema de consumir más sal de lo recomendado no es menor. El exceso de sodio está directamente relacionado con un aumento en el riesgo de hipertensión, enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares. Aunque los investigadores no encontraron diferencias en el consumo de otros componentes dañinos, como el azúcar, las grasas saturadas o el alcohol, el vínculo entre la percepción del sabor amargo y la preferencia por la sal podría tener un impacto significativo en la salud a largo plazo.
Jennifer Smith, directora del estudio, explicó dos teorías sobre esta relación: la primera es que quienes son más sensibles al amargo también perciben la sal de manera más intensa y la disfrutan más; la segunda sugiere que la sal podría ser utilizada para enmascarar sabores amargos, lo que lleva a un consumo mayor de sodio. En ambos casos, el resultado es el mismo: una preferencia marcada por los alimentos salados.
Cómo este hallazgo podría cambiar nuestra forma de alimentarnos
Identificar qué variante genética posee una persona podría ser clave para diseñar estrategias personalizadas de educación alimentaria. Según Smith, conocer estas predisposiciones permitiría ayudar a quienes tienen un gusto más fuerte por lo salado a tomar mejores decisiones y reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Este descubrimiento es un recordatorio de que nuestros hábitos no siempre son solo cuestión de voluntad. A veces, lo que nos tienta a comer más sal puede estar escrito en nuestro ADN. Y al comprender estas influencias, podemos dar pasos más efectivos hacia una alimentación más saludable.
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