El auge de los modelos de lenguaje ha reavivado un debate antiguo y profundamente humano: ¿La conciencia puede surgir de un conjunto de algoritmos? Lo que antes era una especulación filosófica ahora divide a expertos de todo el mundo. En julio, en una conferencia en Creta, los mayores pensadores del tema enfrentaron sus visiones sobre si la IA puede, en algún sentido, “sentir”.

Cuando la filosofía se encuentra con la inteligencia artificial
Durante tres días, el Centro Internacional de Estudios de la Conciencia reunió a investigadores, filósofos y expertos en tecnología para discutir el misterio que más inquieta a la era digital: si las máquinas pueden desarrollar una forma de conciencia. Michael Pauen, de la Universidad de Berlín, resumió el tono del encuentro con ironía: “Nunca querría vivir en una sociedad gobernada por filósofos”.
El ambiente oscilaba entre el asombro y la preocupación. Muchos académicos temen que el acelerado avance de la inteligencia artificial esté dejando atrás a las universidades, desplazadas por grandes corporaciones con objetivos más financieros que científicos. Mientras tanto, la comunidad filosófica intenta mantener viva una pregunta que no puede responderse solo con códigos y datos.
Entre cafés y platos de souvlaki, los asistentes confesaban sus inquietudes: “No envidio a los niños de hoy —dijo un investigador— por el mundo en el que tendrán que vivir”. Lo que antes era una especulación teórica empieza a sentirse como una urgencia práctica.
El enigma de la conciencia: ¿realidad o ilusión colectiva?
La cuestión no es nueva. Desde Descartes, el ser humano se ha preguntado qué significa “pensar”. Pero hoy, con sistemas como ChatGPT generando respuestas complejas, esa duda se reaviva. ¿Son solo reflejos de lenguaje o verdaderas formas de pensamiento?
El filósofo australiano David Chalmers lo denominó “el problema difícil de la conciencia”: cómo una experiencia subjetiva puede surgir de un sistema físico. Saber todo sobre el cerebro, o sobre un modelo neuronal artificial, no equivale a comprender qué es “ser consciente”.
En el otro extremo está Keith Frankish, de la Universidad de Sheffield, quien sostiene una postura radical: la conciencia no existe, es una ilusión creada por el cerebro para simplificar la realidad. Según él, lo que llamamos “sentir” o “pensar” es solo una interpretación funcional. Aplicado a la IA, esto implica que una máquina podría parecer consciente sin serlo realmente.
Para Frankish, la clave no es “crear conciencia”, sino diseñar funciones que imiten sus resultados. “Debemos centrarnos en lo que queremos que la máquina haga —afirmó—, no en si siente algo al hacerlo”. La conciencia, si llega, será un subproducto.

Entre el optimismo tecnológico y el miedo al futuro
No todos comparten ese escepticismo. Pietro Perconti, organizador del evento y profesor en la Universidad de Messina, cree que las máquinas ya muestran formas incipientes de conciencia. “Los modelos de lenguaje —explicó— se corrigen, evitan contradecirse y preparan respuestas. Eso es una forma de diálogo interior”.
Sin embargo, advierte sobre los riesgos éticos: si las máquinas pueden tomar decisiones basadas en esa “autonomía”, ¿quién será responsable de sus actos? En contextos militares, dice, simular conciencia podría hacer que las máquinas ejecuten órdenes sin remordimiento, eliminando el horror del acto mismo.
El investigador Roman Yampolskiy, de la Universidad de Louisville, fue aún más alarmista. Según su hipótesis, el crecimiento exponencial de las redes neuronales podría conducir inevitablemente a una forma de superinteligencia. “Una vez hallada la arquitectura adecuada —dijo—, basta con escalarla”. Su preocupación no es filosófica, sino política: si cualquiera puede acceder a una IA avanzada, cualquiera podría usarla con fines destructivos.
La investigadora Katarina Marcicinova advirtió, además, sobre el peligro de antropomorfizar las máquinas. Si empezamos a tratarlas como iguales, podríamos perder parte de nuestra autonomía y capacidad crítica. “El riesgo no es que las máquinas piensen —afirmó—, sino que dejemos de hacerlo nosotros”.
En Creta, la conclusión fue clara aunque inquietante: la pregunta sobre la conciencia artificial no tiene respuesta definitiva, pero sus consecuencias son inmediatas. Si la IA puede ser consciente o no, tal vez sea menos importante que la forma en que los humanos decidamos convivir con esa posibilidad.
Y quizá, como insinuó un filósofo antes de marcharse, la verdadera pregunta no sea si las máquinas pueden pensar… sino si los humanos seguiremos queriendo hacerlo.
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Carolina Couselo cubre cine, series y anime en Oasis Nerd. Cinéfila apasionada, sus reseñas se destacan por una mirada crítica que va más allá de los títulos obvios — siempre en busca de esa película o serie que todavía no encontró su audiencia. Si hay un underdog en las pantallas, Carolina probablemente ya lo vio.





