No todos los juegos se explican bien con una sola imagen. Algunos necesitan unos minutos —y varias decisiones difíciles— para mostrar qué los hace especiales. En los últimos años, el cruce entre géneros clásicos y estructuras modernas ha dado lugar a propuestas difíciles de encasillar. Este es uno de esos casos: un título que combina exploración en 2D, progresión roguelike y una idea tan extraña como efectiva para diferenciarse desde el primer momento.

Never Grave: The Witch and the Curse
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Una maldición que no se lleva en el alma, sino en la cabeza

El punto de partida es tan sencillo como peculiar. Aquí, la maldición no es una metáfora ni un estado invisible: es un objeto tangible que acompaña al personaje en todo momento. Un sombrero, aparentemente inofensivo, que se convierte en el eje de toda la experiencia. Gracias a él, el jugador puede poseer a los enemigos derrotados y utilizar sus habilidades como propias.

Esta mecánica transforma por completo la forma de enfrentarse al mundo. Cada enemigo deja de ser solo un obstáculo y pasa a ser una oportunidad. Sus habilidades no solo sirven para el combate, sino también para resolver puzles y acceder a zonas que, de otro modo, permanecerían cerradas. El resultado es una exploración dinámica, donde el progreso depende tanto de la habilidad como de la capacidad de improvisar.

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El diseño apuesta por escenarios coloridos y animaciones fluidas que contrastan con la dureza de algunos enfrentamientos. Aunque su estética puede parecer amable, el juego no es indulgente. La estructura roguelike implica aceptar la derrota como parte del aprendizaje, reiniciar el recorrido y aplicar lo aprendido en la siguiente partida.

Este bucle constante se apoya en una sensación de control muy precisa. Cada habilidad tomada de un enemigo se siente distinta, lo que invita a experimentar y a adaptar la estrategia en función de lo que el juego pone en el camino. No hay una única forma correcta de avanzar, y eso refuerza la sensación de descubrimiento continuo.

Morir, aprender y reconstruir: el otro ritmo del juego

Tras cada intento fallido, el juego no se limita a devolver al jugador al inicio sin más. Existe un segundo eje que equilibra la acción constante: la reconstrucción de un pueblo en ruinas. Este espacio funciona como un refugio entre partidas, un lugar donde invertir recursos y preparar el siguiente intento.

La reconstrucción no es solo estética. Cada edificio restaurado desbloquea mejoras, nuevas opciones y pequeñas ventajas que influyen directamente en las futuras incursiones. Es una forma inteligente de suavizar la frustración inherente al género roguelike, ofreciendo progreso incluso cuando las cosas salen mal.

Este contraste entre acción intensa y momentos más tranquilos ayuda a mantener el ritmo. El jugador alterna entre la tensión de los combates y la calma relativa de la gestión, lo que evita la sensación de agotamiento. Además, refuerza el vínculo con el mundo del juego: no se trata solo de avanzar niveles, sino de devolverle la vida a un lugar que ha sido destruido.

La narrativa, aunque sutil, acompaña este proceso. No se impone con largas escenas ni explicaciones constantes, sino que se filtra a través del entorno y de los personajes que van apareciendo en el pueblo. Poco a poco, se construye una sensación de propósito que va más allá de completar una sola partida con éxito.

Un metroidvania que se disfruta mejor acompañado

Aunque la experiencia en solitario funciona por sí misma, el juego ofrece una opción que cambia por completo su dinámica: el multijugador cooperativo. Hasta cuatro jugadores pueden unirse en la misma partida, compartiendo el caos, las decisiones y las inevitables derrotas.

Esta modalidad no solo añade diversión, sino que modifica la estrategia. Coordinar habilidades robadas, repartirse roles y decidir cómo afrontar cada situación se vuelve clave. El diseño de niveles y enemigos está pensado para adaptarse a este enfoque, manteniendo el desafío sin perder fluidez.

La combinación de exploración, combate y cooperación genera momentos impredecibles, especialmente cuando cada jugador controla habilidades distintas. Es en esos instantes donde el juego muestra su mayor fortaleza: la capacidad de sorprender incluso después de varias horas.

Never Grave: The Witch and the Curse tiene previsto su lanzamiento el 5 de marzo en PS4 y PS5, y llega como una propuesta difícil de ignorar para quienes buscan algo diferente dentro del género. No reinventa el metroidvania ni el roguelike, pero los combina con una identidad propia, marcada por una idea central tan simple como ingeniosa.

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