Los llamados “químicos eternos” vuelven a estar bajo la lupa científica. Se trata de los PFAS, una familia de miles de sustancias sintéticas utilizadas durante décadas por su resistencia al agua, la grasa y las altas temperaturas.
Esa misma durabilidad que los hizo útiles en la industria es hoy su mayor problema. Muchos PFAS apenas se degradan en el ambiente y pueden incorporarse a la cadena alimentaria hasta llegar al organismo humano.
Por qué se acumulan en el cuerpo
No todos los PFAS se comportan igual. Los de cadena corta suelen eliminarse en días o semanas, pero algunos de cadena larga, como PFOA o PFOS, pueden permanecer años en el cuerpo.
Una de las razones es que el riñón puede reabsorber parte de estas sustancias desde la orina hacia la sangre, lo que prolonga su permanencia y favorece la bioacumulación.
La exposición llega principalmente a través de alimentos y agua potable, aunque también puede producirse mediante polvo doméstico, cosméticos u otros productos de consumo.
Qué efectos preocupan más
El informe del Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos señala que existe evidencia relativamente sólida de que los niños con mayores concentraciones de PFAS en sangre pueden presentar niveles más bajos de anticuerpos tras algunas vacunas estándar.
Esto no significa que las vacunas dejen de funcionar, sino que ciertos PFAS podrían interferir con la intensidad de la respuesta inmunitaria. El alcance exacto de este efecto todavía se investiga.
También se han estudiado asociaciones con aumento del colesterol LDL, cambios en enzimas hepáticas y menor peso al nacer, aunque establecer una relación directa de causa y efecto sigue siendo complejo.
Un problema difícil de controlar
La regulación europea ya restringió varios PFAS y los niveles de algunos compuestos, como PFOS y PFOA, bajaron en las últimas décadas. Aun así, el problema persiste porque existen miles de sustancias dentro de esta familia química.
EFSA fijó una ingesta semanal tolerable para cuatro PFAS de cadena larga, pero controlar la exposición individual sigue siendo difícil.
La clave, según los expertos, está en reducir la liberación futura de estas sustancias al ambiente. Porque cuando un químico tarda años en salir del cuerpo y mucho más en desaparecer de la naturaleza, prevenir la contaminación es mucho más eficaz que intentar corregirla después.
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