Durante cientos de años, viajeros han descrito pequeñas luces azuladas que aparecen de noche sobre pantanos, ciénagas y terrenos húmedos. Parecen flotar, parpadear y desaparecer cuando alguien intenta acercarse.
En Europa terminaron siendo conocidas como will-o’-the-wisps o fuegos fatuos, y durante siglos fueron interpretadas como espíritus, almas de muertos o criaturas destinadas a desorientar a los caminantes. Las descripciones escritas se remontan al menos al siglo XIV.
La ciencia lleva mucho tiempo intentando explicar qué hay detrás. Y un estudio publicado en 2025 en Proceedings of the National Academy of Sciences acaba de aportar una de las hipótesis experimentales más interesantes hasta ahora.
El metano siempre fue sospechoso, pero faltaba una chispa
Los pantanos contienen enormes cantidades de materia orgánica en descomposición. En ausencia de oxígeno, microorganismos pueden producir metano, que posteriormente asciende hacia la superficie en forma de burbujas.
Eso convirtió al llamado “gas de los pantanos” en un candidato evidente para explicar las misteriosas llamas.
El problema era bastante sencillo: ¿qué encendía ese metano espontáneamente?
Durante décadas se propuso que pequeñas cantidades de fosfina o difosfano producidas en ambientes anaeróbicos podían reaccionar con el aire y actuar como fuente de ignición. También se plantearon llamas frías, quimioluminiscencia y otras explicaciones. Ninguna había conseguido reproducir de forma completamente satisfactoria todos los aspectos del fenómeno.

La respuesta podría estar en pequeños “rayos” entre burbujas
El equipo dirigido por el químico Richard Zare, de Stanford, estaba investigando algo aparentemente diferente: qué ocurre eléctricamente en la frontera entre agua y aire.
Los investigadores hicieron ascender diminutas burbujas de metano y aire a través de agua y las observaron utilizando cámaras de alta velocidad.
Entonces apareció algo inesperado.
A medida que las microburbujas se desplazaban, chocaban, se fusionaban y se separaban, algunas adquirían cargas eléctricas opuestas. Cuando dos de ellas se aproximaban lo suficiente, se producía una descarga espontánea extremadamente pequeña. Los científicos bautizaron el fenómeno como “microlightning” o microrrayos.
Esos microrrayos consiguieron oxidar el metano
Las cámaras detectaron pequeños destellos de luz durante las descargas. Utilizando espectroscopia, sensores térmicos y espectrometría de masas, el equipo comprobó además que la electricidad desencadenaba oxidación no térmica del metano.
En determinadas condiciones, el proceso produjo una luminosidad azul y relativamente fría similar a la descrita históricamente en los fuegos fatuos.
La importancia del experimento está precisamente ahí: proporciona un mecanismo mediante el cual el metano podría empezar a reaccionar sin necesitar un rayo atmosférico, una llama o cualquier otra fuente externa de ignición.
Esto no significa que todos los fuegos fatuos tengan la misma causa
Los investigadores consiguieron reproducir en laboratorio un mecanismo físicamente plausible, pero eso no implica que cada luz misteriosa observada durante siglos en un bosque o cementerio sea necesariamente metano encendido por microrrayos.
Algunas observaciones podrían corresponder a hongos bioluminiscentes, insectos, reflejos, animales o fenómenos ópticos diferentes. El propio concepto de fuego fatuo engloba descripciones realizadas en lugares y circunstancias muy variadas.
Además, existe una dificultad curiosa para estudiarlos directamente: muchas de las zonas húmedas en las que históricamente se registraban fueron drenadas o transformadas. Stanford señala que, pese a siglos de relatos, no existe una grabación moderna confirmada de un fuego fatuo natural comparable con las descripciones históricas.
Lo que durante siglos inspiró historias de fantasmas podría esconder, por tanto, algo igualmente sorprendente: pequeñísimas descargas eléctricas entre burbujas de metano, invisibles individualmente, capaces de producir luz en mitad de un pantano oscuro.
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