La devastadora inundación que arrasó el valle nepalí de Rasuwa el 26 de agosto tuvo una característica inquietante: no fue necesaria una lluvia extrema para desencadenarla. Las primeras investigaciones apuntan a que una enorme masa de hielo y roca se desprendió desde un glaciar de alta montaña, descendió más de un kilómetro y terminó generando una sucesión de acontecimientos que liberó violentamente agua, sedimentos y escombros río abajo.
El episodio todavía está siendo investigado, pero ha vuelto a dirigir la atención hacia un fenómeno mucho más difícil de observar que el deshielo de los glaciares: la degradación del permafrost del Himalaya, terreno que permanece congelado durante largos periodos y cuya estabilidad puede deteriorarse a medida que aumenta su temperatura.
El problema alcanza una escala enorme. Se estima que el permafrost de la región ocupa alrededor de 1.003.000 kilómetros cuadrados, frente a los aproximadamente 60.000-80.000 kilómetros cuadrados cubiertos por glaciares. Y bajo los sistemas fluviales alimentados por estas montañas viven cerca de 1.900 millones de personas.
Nepal podría ser una advertencia de lo que ocurre cuando la montaña pierde estabilidad
Según el ICIMOD, una de las hipótesis principales sobre el desastre de Rasuwa es que una avalancha de hielo y roca cayó sobre el sistema del Lhende Khola y descendió hasta bloquear temporalmente el cauce.
El material habría formado una especie de presa natural unos 20 kilómetros aguas arriba del puente Miteri. Cuando esa acumulación cedió, la combinación de agua, barro, rocas y hielo descendió con una capacidad destructiva mucho mayor que la de una inundación convencional.
Aunque todavía no se ha establecido definitivamente qué papel desempeñó el permafrost en este episodio concreto, existe un precedente reciente que demuestra hasta qué punto su deshielo puede desestabilizar las montañas.
Un lago vigilado desde hacía años terminó arrasando una presa
En octubre de 2023, el lago glaciar South Lhonak, en el estado indio de Sikkim, sufrió una ruptura catastrófica que dejó decenas de muertos y desaparecidos, desplazó a miles de personas y destruyó, entre otras infraestructuras, la presa hidroeléctrica Teesta III.
El lago estaba estudiado y monitorizado desde hacía años, pero posteriormente los investigadores determinaron que el desastre comenzó cuando aproximadamente 14,7 millones de metros cúbicos de permafrost de una morrena lateral se descongelaron y colapsaron sobre el agua.
El impacto generó una enorme ola que terminó rompiendo la barrera natural del lago.
Ese episodio mostró que vigilar únicamente el volumen de agua de los lagos glaciares puede no ser suficiente cuando las propias montañas que los rodean están perdiendo estabilidad.
El gran problema es que el permafrost casi no puede observarse desde el espacio
Los glaciares pueden seguirse mediante imágenes satelitales y medirse con relativa facilidad. El permafrost es mucho más complicado porque se encuentra dentro del suelo y de la roca, lo que hace que sus cambios pasen frecuentemente inadvertidos.
Una de las pocas redes extensas de seguimiento de la región se encuentra en China, instalada principalmente para proteger las infraestructuras que conectan Qinghai con el Tíbet.
Los datos indican que, a unos diez metros de profundidad, determinadas zonas están calentándose entre 0,02 y 0,78 °C por década. A medida que el hielo contenido en las fracturas desaparece, rocas que permanecieron estabilizadas durante miles de años pueden comenzar a desprenderse.
El deshielo del Himalaya amenaza mucho más que el suministro de agua
Los informes del ICIMOD ya habían advertido que el Hindu Kush-Himalaya podría perder aproximadamente un tercio de su masa glaciar durante este siglo incluso bajo escenarios relativamente favorables, mientras que en los escenarios más graves la pérdida podría acercarse al 80% del volumen glaciar para 2100.
Hasta ahora, una de las mayores preocupaciones era lo que eso significaría para el abastecimiento de agua de casi 2.000 millones de personas.
La degradación del permafrost añade otra dimensión al problema: no solo puede cambiar cuánta agua baja de las montañas, sino también transformar físicamente las propias laderas, aumentando la posibilidad de desprendimientos, avalanchas y colapsos capaces de represar ríos y liberar después enormes cantidades de material.
Lo ocurrido en Nepal todavía necesita una reconstrucción definitiva, pero el Himalaya está mostrando una señal difícil de ignorar: cuando una montaña congelada durante miles de años comienza a descongelarse, el peligro no siempre llega desde el cielo en forma de lluvia; también puede desprenderse directamente de la propia montaña.
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