El 27 de agosto de 1957, en pleno desierto de Nevada, Estados Unidos realizó una prueba nuclear subterránea aparentemente destinada a estudiar cómo contener mejor este tipo de explosiones. El experimento terminó produciendo una de las anécdotas más extrañas de la carrera espacial.
Una enorme placa de acero salió disparada hacia el cielo y nunca volvió a encontrarse.
Desde entonces se repite que aquella “tapa de alcantarilla” pudo convertirse en el primer objeto humano en llegar al espacio, semanas antes del Sputnik soviético. La historia tiene una base real, pero la versión popular mezcla una medición, un cálculo teórico y una enorme incógnita.
No era realmente una tapa de alcantarilla
La prueba se llamaba Pascal-B y formaba parte de Operation Plumbbob, una serie de 29 ensayos nucleares realizados en Nevada entre mayo y octubre de 1957.
Los científicos habían excavado un pozo vertical de unos 150 metros de profundidad y 1,2 metros de diámetro. En el fondo se encontraba el dispositivo nuclear y cerca de él se colocó un tapón de hormigón. En la superficie, una placa de acero de aproximadamente 10 centímetros de espesor estaba soldada sobre la boca del pozo.
De ahí surgió el término “manhole cover”, aunque no era una tapa urbana convencional: era una gruesa pieza diseñada específicamente para el experimento.
El pozo se convirtió en un cañón gigantesco
Cuando detonó Pascal-B, el tapón situado cerca del artefacto fue sometido a temperaturas extremas. La explicación propuesta posteriormente es que parte de ese material se convirtió en gas supercaliente y se expandió violentamente hacia arriba por el estrecho pozo.
En la práctica, los 150 metros de conducto actuaron como el cañón de un arma y la placa de acero como su proyectil.
Robert Brownlee, el físico de Los Álamos que trabajaba en estas pruebas, ya había calculado qué ocurriría cuando la onda de choque alcanzara la cubierta.
Cuando su colega Bill Ogle le preguntó insistentemente a qué velocidad saldría, Brownlee terminó dando una cifra espectacular: unas seis veces la velocidad de escape terrestre.
Eso equivaldría aproximadamente a 67 km/s, unos 240.000 km/h.
El problema es que esa velocidad nunca fue medida
Aquí es donde la historia empieza a transformarse en leyenda.
Brownlee dejó escrito años después que aquel cálculo no representaba condiciones reales: su modelo no incluía atmósfera, gravedad ni siquiera las verdaderas propiedades mecánicas de la placa.
Era, esencialmente, un cálculo realizado suponiendo vacío sobre ella. Él mismo explicó que nadie del equipo creyó realmente que la placa fuese a escapar de la Tierra.
Los científicos instalaron una cámara de alta velocidad para comprobar qué ocurría.
La placa apareció en un solo fotograma.
Eso únicamente permitía establecer un límite inferior para su velocidad, no saber exactamente cuánto corría. Brownlee resumió el resultado de una manera bastante menos científica: cuando la vieron por última vez, iba extremadamente rápido.
Entonces, ¿llegó al espacio?
Nadie lo sabe con absoluta certeza porque la placa jamás fue recuperada.
Lo más probable es que no sobreviviera. Un objeto metálico atravesando las capas densas de la atmósfera a velocidades hipersónicas extremas encontraría una resistencia, presión y calentamiento enormes.
Por eso tampoco puede afirmarse, como hace la versión más extrema del relato, que la placa se desintegró con certeza a una altura concreta: simplemente no disponemos de observaciones suficientes para reconstruir su destino.
Lo extraordinario de Pascal-B no necesita ese adorno. En 1957, una explosión nuclear convirtió accidentalmente un pozo de 150 metros en un gigantesco cañón, lanzó una pieza de acero tan rápido que solo apareció en un fotograma y dejó a los científicos con un misterio que, casi siete décadas después, continúa sin una respuesta definitiva.
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