Apagar el teléfono durante varios días, abandonar Instagram o TikTok y desaparecer temporalmente de WhatsApp puede parecer una solución lógica cuando sentimos que pasamos demasiado tiempo frente a una pantalla. El llamado “detox digital” se ha convertido en una estrategia popular para reducir el estrés asociado a la hiperconectividad, pero las investigaciones recientes sugieren que sus beneficios son bastante más complejos de lo que parece.
Algunos estudios han encontrado resultados positivos cuando las personas reducen considerablemente su exposición a las redes sociales. Una investigación publicada en JAMA, realizada con adultos jóvenes de entre 18 y 24 años, observó que disminuir su uso durante una semana estuvo asociado con reducciones en los síntomas de ansiedad, depresión e insomnio.
Sin embargo, cuando los científicos analizan conjuntamente diferentes investigaciones, la conclusión cambia: desconectarse completamente durante unos días no parece garantizar una mejora estable del bienestar emocional.

Dejar las redes sociales durante unos días no es una solución universal
Una revisión publicada en Scientific Reports analizó diez investigaciones que reunían a más de 4.600 participantes para determinar qué ocurría cuando las personas interrumpían temporalmente el uso de redes sociales.
Los resultados no encontraron mejoras claras y consistentes en variables como el bienestar emocional o la satisfacción con la vida. Esto no significa que reducir el tiempo frente a las pantallas sea inútil, sino que los efectos parecen depender de factores como la manera en que se utilizan las plataformas, el contexto personal y los hábitos previos de cada usuario.
Una persona que pasa horas haciendo doomscrolling, por ejemplo, puede experimentar una situación muy diferente a alguien que utiliza las mismas aplicaciones principalmente para comunicarse con familiares o amigos.
Por eso, los investigadores están empezando a prestar menos atención a la cantidad absoluta de tiempo conectado y más a cómo se utiliza ese tiempo.
El problema puede estar en los hábitos, no en el teléfono
La misma lógica se aplica a las largas jornadas frente a una computadora. Permanecer sentado durante horas tiene efectos sobre el organismo independientemente de que la pantalla esté mostrando una red social, una película o una hoja de cálculo.
Una investigación realizada con cerca de 20.000 participantes encontró que introducir pequeñas pausas de movimiento durante periodos prolongados de sedentarismo puede generar beneficios metabólicos y cardiovasculares. Caminar apenas unos minutos cada media hora puede ayudar a controlar los niveles de glucosa después de las comidas, reducir la presión arterial y mejorar la sensación de fatiga.
La clave, por tanto, no parece consistir necesariamente en pasar de una hiperconexión permanente a una desconexión absoluta, sino en interrumpir los patrones prolongados de uso y recuperar cierto control sobre ellos.

Poner límites podría funcionar mejor que desaparecer de internet
La alternativa que empieza a ganar terreno es el llamado uso consciente de la tecnología. En lugar de prohibir completamente el teléfono durante una semana y regresar después a exactamente los mismos hábitos, esta estrategia busca introducir cambios que puedan mantenerse en el tiempo.
Entre ellos se encuentran limitar determinadas aplicaciones, desactivar notificaciones innecesarias, evitar utilizar el móvil inmediatamente antes de dormir o mantenerlo fuera del dormitorio durante la noche. También puede ayudar identificar qué aplicaciones se utilizan de manera automática y cuáles cumplen realmente una función concreta.
Algunos ensayos citados en este campo sugieren que las intervenciones destinadas a desarrollar un uso más consciente pueden reducir el comportamiento digital problemático y mejorar variables relacionadas con el sueño y el bienestar, aunque los resultados todavía dependen considerablemente del diseño de cada estudio y de las características de los participantes.
El mensaje que empieza a desprenderse de estas investigaciones es menos espectacular que prometer una “desintoxicación” completa, pero probablemente más práctico: no necesitamos necesariamente abandonar la tecnología, sino aprender a utilizarla sin que termine decidiendo por nosotros cuándo mirar la pantalla, cuánto tiempo permanecer allí y cuándo detenernos.
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