El fenómeno, conocido como emisión ultradébil de fotones o biofotones, lleva décadas generando debate en la comunidad científica. Este nuevo trabajo aporta una de las evidencias más directas y controladas hasta la fecha, alejando definitivamente el concepto de cualquier interpretación mística.
Qué son los biofotones (y qué no)
Los biofotones son partículas de luz emitidas de forma espontánea por sistemas biológicos. No son visibles a simple vista: su intensidad es millones de veces inferior a la de la luz que detecta el ojo humano y suele quedar enmascarada por el calor corporal y la radiación ambiental.
Desde el punto de vista físico-químico, la explicación más aceptada está relacionada con las especies reactivas de oxígeno. Estas moléculas se generan en las células como consecuencia del metabolismo normal o en respuesta a estrés —calor, toxinas, infecciones o falta de nutrientes—. Durante ciertas reacciones químicas, electrones excitados liberan pequeñas cantidades de energía en forma de luz al volver a su estado basal.
No hay “auras”, ni campos energéticos misteriosos: solo bioquímica y física llevadas al límite de la detección instrumental.
Un experimento extremo con ratones
Para comprobar si estas emisiones podían observarse en organismos completos —y no solo en tejidos aislados— el equipo liderado por el físico Vahid Salari diseñó un experimento meticuloso.
Cuatro ratones fueron inmovilizados y colocados individualmente dentro de una cámara completamente oscura, equipada con sensores capaces de detectar fotones individuales. Cada animal fue registrado durante una hora mientras estaba vivo. Posteriormente, fue sacrificado de forma controlada y volvió a ser filmado durante otra hora.
Un detalle clave: los cuerpos se mantuvieron a temperatura corporal tras la muerte para descartar que el descenso térmico influyera en los resultados.
El resultado fue claro. Aunque se siguieron detectando emisiones después del fallecimiento, la intensidad de la luz disminuyó de forma significativa. Para los investigadores, esta diferencia constituye una evidencia directa de que los procesos vitales están asociados a un nivel más alto de emisión fotónica.
Plantas que brillan bajo estrés
El estudio se amplió al reino vegetal. El equipo analizó hojas de Arabidopsis thaliana (berro de Thale) y del árbol paraguas enano (Heptapleurum arboricola).
Al provocar heridas físicas y aplicar agentes químicos, los científicos observaron que las zonas dañadas emitían más luz que las partes sanas, y que ese brillo se mantenía elevado durante al menos 16 horas. De nuevo, el patrón encajaba con un aumento de especies reactivas de oxígeno como respuesta al estrés celular.
¿Para qué sirve descubrir que la vida emite luz?
Más allá de lo llamativo del hallazgo, sus implicaciones prácticas son relevantes. Si estas emisiones pueden medirse de forma fiable, podrían convertirse en herramientas de diagnóstico no invasivas.
Entre las aplicaciones potenciales se incluyen:
- Evaluar el estrés y la viabilidad de tejidos humanos
- Detectar enfermedades a partir de cambios metabólicos tempranos
- Monitorizar la salud de cultivos sin dañar las plantas
- Analizar la actividad de bacterias y microorganismos
El estudio, publicado en The Journal of Physical Chemistry Letters, no sugiere que “brillemos” de forma visible, pero sí que la frontera entre la vida y la muerte deja una huella física medible, incluso en forma de luz.
Por ahora, el resplandor de la vida sigue siendo imperceptible para nosotros. Pero la ciencia acaba de demostrar que, en el nivel más fundamental, estar vivo también es emitir luz.
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