Hace entre 30.000 y 24.000 años, los grupos humanos que habitaban el sur de la península ibérica no solo enfrentaban cambios climáticos, escasez de recursos o la dureza cotidiana de la vida cazadora-recolectora. También convivían con un riesgo geológico importante: los terremotos. Una nueva investigación sobre el yacimiento de Vale Boi, en Portugal, muestra que estas comunidades no eran pasivas frente al peligro, sino que desarrollaban respuestas complejas para reducir su exposición.
Un asentamiento paleolítico en una zona sísmica
El estudio se centró en Vale Boi, un yacimiento arqueológico ubicado en Vila do Bispo, en el Algarve portugués. Esta región se encuentra en una zona tectónicamente activa, por lo que los terremotos y los desprendimientos de rocas pudieron haber afectado de forma directa la vida de sus antiguos habitantes.
La investigación, dirigida por Alvise Barbieri, de la Universidad del Algarve, y Javier Sánchez Martínez, del IPHES-CERCA, combinó datos arqueológicos, geológicos y cronológicos. También incorporó técnicas como la tomografía de resistividad eléctrica, que permitió reconstruir mejor cómo los movimientos del terreno impactaban sobre el asentamiento.
Los resultados sugieren que los cazadores-recolectores de Vale Boi no abandonaron definitivamente el lugar pese a la inestabilidad. En lugar de eso, modificaron sus formas de ocupación y ajustaron su comportamiento según el nivel de riesgo.

Cambiar la movilidad para reducir el peligro
Una de las estrategias detectadas fue la adaptación de la movilidad. En algunos momentos, los grupos pudieron abandonar temporalmente el área o reducir el tiempo de permanencia en el asentamiento. Esto habría permitido evitar los periodos de mayor peligro o disminuir la exposición a desprendimientos de rocas.
También reorganizaron el uso del espacio. Es decir, no ocupaban el territorio siempre del mismo modo, sino que ajustaban las zonas de actividad según las condiciones del terreno. Esta flexibilidad era clave para comunidades que dependían directamente del ambiente para refugiarse, conseguir alimento y mantener su vida social.
A diferencia de otros contextos prehistóricos donde grandes desastres naturales provocaron largos abandonos, en Vale Boi parece haber existido una continuidad adaptativa. Los grupos humanos permanecieron vinculados al lugar, pero cambiando sus hábitos para convivir con el riesgo.

Redes sociales y dieta más diversa
El estudio también plantea que, en momentos de crisis geológica o ambiental, estas comunidades reforzaban sus redes sociales con grupos más distantes. El intercambio de información, contactos y recursos habría funcionado como una forma temprana de protección frente a la incertidumbre.
Esa cooperación podía ser tan importante como una herramienta o un refugio. En un paisaje inestable, saber qué zonas eran más seguras, dónde había alimento o qué rutas convenía evitar podía marcar la diferencia entre sobrevivir o quedar expuesto.
Además, los investigadores detectaron cambios en la dieta. Durante los periodos de mayor inestabilidad, los habitantes de Vale Boi aumentaron la explotación de recursos marinos y costeros. Al incorporar más alimentos del litoral, reducían su dependencia de los recursos terrestres y ampliaban sus posibilidades de subsistencia.
El hallazgo deja una idea poderosa: la resiliencia humana frente a los desastres naturales no nació con las ciudades modernas ni con la tecnología actual. Ya en el Paleolítico, las comunidades observaban el entorno, ajustaban sus movimientos, diversificaban su alimentación y fortalecían sus vínculos para resistir un mundo cambiante y peligroso.
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